domingo, 25 de julio de 2010

ESPACIO MÍNIMO HABITABLE

Usuarios en un hotel capsula japonés. Imagen: Avy Abrams, Flickr

Determinar cual es el mínimo espacio habitable ha sido una cuestión recurrente en los últimos años en relación a la necesaria transformación de la producción establecida de vivienda social. En este asunto, el enfoque de la discusión se suele orientar hacia las cuestiones de espacio y las superficies necesarias. Mientras los problemas relacionados con las infraestructuras y las conexiones con las redes suele quedar relegado a un segundo plano Es sintomático de la orientación excesivamente formal de la arquitectura actual hacia la imagen en la que no se le suele prestar mucha atención a la disposición de servicios y los sistemas constructivos necesarios.


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En las primeras décadas del siglo XX hubo un debate intenso sobre esta cuestión: cual podría ser el mínimo espacio necesario para la habitación familiar. El llamado existenz minimum fue motivo inspirador de uno de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, el que tuvo lugar en Frankfurt en 1929 auspiciado por Ernst May.
Los discursos sociales de inspiración marxista sobre las necesidades de las clases trabajadoras tuvieron algo que ver en este interés de los arquitectos sobre la determinación de la vivienda mínima adecuada para el desarrollo de la vida familiar. Una deriva interesante de estos planteamientos fue el pensamiento sobre la ciudad y la arquitectura residencial de masas que dio lugar a determinados episodios heroicos de la historia de la disciplina en países como Holanda y Alemania.
Como resultado de esas deliberaciones surgió el concepto de vivienda mínima que inspiró el trabajo de análisis sobre series tipológicas de viviendas de Alexander Klein, que se publicó en 1930 como Beiträge zur Wohnungsfrage als praktische Wissenschaft (Cuestiones sobre la vivienda como ciencia práctica) y que posteriormente recogió en su ensayo Vivienda Mínima 1906-1957 (editado en España por Gustavo Pili en 1980). Ahí se evaluó en profundidad el problema de las superficies existenciales necesarias para la residencia de la familia obrera y ese esfuerzo han dado lugar a una casuística muy concreta de la vivienda social. En nuestro país tuvo una repercusión política, e incluso normativa, a partir de la década de los años 60 con el establecimiento del intervalo superficial de la llamada vivienda protegida y, más allá, los requisitos administrativos para la producción pública de vivienda social.
Un marco legal que ha derivado en un entorno coercitivo que no se adapta adecuadamente a la evolución experimentada por las nuevas formas de convivencia familiar. Los requisitos espaciales de la llamada vivienda protegida ha seguido conservando unos estándares superficiales y unos espacios mínimos que servían para una familia ideal compuesta por padre, madre y varios hijos, que podría ser el modelo habitual en 1950 pero que hoy no responde para nada a una realidad sociológica totalmente diferente.
UN-House. Reiner Bahma y François d'Allegret. 1965
La evolución del concepto de espacio mínimo habitable ha tenido diversos saltos temporales durante todo el siglo XX hasta alcanzar una formulación extrema en los años 60 y 70. Un ejemplo de estas preocupaciones lo reflejaba el crítico británico Reiner Banham cuando presentaba el concepto de burbuja ambiental como una alternativa viable a los mínimos requerimientos habitacionales. Su imagen seccionada de la Un-House le presentaba desnudo junto a su amigo François D’Allegret en un entorno climatizado formado por una membrana transparente e inflable, junto a unos elementos centrales de comunicación. La burbuja ambiental de Banham se situaba idealmente en un lugar cualquiera representado por una roca indeterminada.
Era este un concepto apoyado en una supuesta ultra tecnología que pretendía abrir un campo de debate que iba más allá de la cuestión técnica para espolear una transformación estética del entorno habitado. La estrategia de aquellos arquitectos británicos de los años 60, como el grupo Archigram, se orientaría a actuar, en estos casos, como auténticos provocadores con el objetivo de producir una renovación ante todo estética de la arquitectura. Un esfuerzo que fructificaría años después en la obra de compatriotas suyos como Norman Foster y Richard Rogers. El Centro Pompidou en París daría carta de naturaleza a esta visión tecnológica de la última arquitectura de vanguardia.
Unidad habitable de la Torre Nagakin. Kisho Kurokawa. Tokyo, 1972
En los años 50 surgió también un interesante grupo de debate sobre cuales deberían ser las estrategias para albergar a la población en zonas densamente pobladas. Este movimiento se autodenominó Metabolista y se desarrolló fundamentalmente en Japón. Su planteamiento se basaba en la imitación de las formas naturales en su acomodo a las condiciones ambientales de contorno y la aplicación de las tecnologías más avanzadas para lograr la mejor respuesta construida y de encaje en la red de servicios. La inspiración en las estructuras y formas orgánicas les llevó a poner un especial énfasis en la disposición de las infraestructuras técnicas como un elemento que pauta irremisiblemente la composición de la arquitectura.
Uno de los ejemplos más significativos del movimiento de Arquitectura Metabolista es la Torre Nagakin, terminada en 1972 por Kisho Kurokawa en el barrio de Ginza en Tokio. Desgraciadamente, parece que está a punto de desaparecer como consecuencia de la falta de mantenimiento técnico y constructivo y su sustitución por otro edificio que intensifique el denso proceso especulativo de esta parte de la ciudad japonesa.
El complejo Nagakin consiste en la agrupación flexible de un conjunto de capsulas habitables unipersonales que permitían el acomodo vital en unas condiciones espaciales y de servicios mínimas. Sería la expresión final y tecnológica de aquellas ideas relacionadas con el existenz minimun del que tanto se discutió en el mundo de la arquitectura internacional desde un siglo atrás.

Planta de distribución de un Capsule Hotel en Tokyo.
Una deriva interesante y curiosa de esta búsqueda del espacio mínimo es la que suponen los hoteles-capsula japoneses. Una necesidad social sobrevenida -la que en su momento supuso la alternativa al regreso tardío al hogar para los oficinistas de los céntricos barrios de la capital nipona- dio origen a un nicho de negocio que ha configurado una forma de organización espacial que hoy es también un atractivo turístico más.
La disposición tipológica de los hoteles capsula, inspirados en el precedente de la Torre Nagakin, se suele organizar mediante unidades de dormitorios alineados en cubículos superpuestos a lo largo de pasillos estrechos junto a espacios comunes de aseo y almacenamiento. Otra característica de estos edificios es la aportación de un entorno habitable personal altamente sofisticado en el que se dispone de acceso a telecomunicaciones digitales y entretenimiento visual muy sofisticado.
El hotel cápsula japonés se adapta a un entorno de una densidad extraordinaria y a unos costes inmobiliarios altísimos. En la competencia extrema por el espacio parece que se vuelve a la conformación de un entorno matriz muy similar al útero materno y que ofrece alimento intelectual.

Interior de la unidad habitable del hotel capsula. Foto: Tyas, Flickr
Una última propuesta, quizás más futurista y por ello puede ser una anticipación interesante, es la que ha sido denominada como arquitectura de terminales. Es una idea que el periodista británico Martin Pawley propuso en 1998, en su último y póstumo libro del mismo título, Terminal Architecture. Allí describía un porvenir de maquinas ambientales que permitían la reconfiguración del entorno personal a voluntad del usuario. La disposición de un espacio protegido por una lámina -a la manera de la UN-House de Banham- ofrecería a sus habitantes la recreación de cualquier espacio visual, paisaje o arquitectura mediante proyectores holográficos. La terminal arquitectónica así imaginada conectaría imaginariamente a cada usuario con el mundo de una manera inmaterial.
Pawley argumentaba que toda la arquitectura reciente sufre de un importante error conceptual. Los esfuerzos de diseño se orientan masivamente a la definición formal, diría objetual de los edificios, justo en un momento en que esa estrategia ha dejado de tener un sentido y no está dentro de los intereses tanto sociales como de la economía en general. Mientras, los arquitectos se esfuerzan incoherentemente en dotar a la arquitectura con una imagen identificable, lo que está dando lugar a unos entornos urbanos cacofónicos, llenos de edificios que expresan estilos dispares y confusos.
Sin embargo la apariencia de los edificios es una cuestión que está dejando de ser relevante en una época de distribución masiva de información digital. La concepción monumental de la arquitectura solo tiene sentido en estos momentos, en cuanto aporta marca a las grandes empresas o se inserta en la industria turística de las ciudades en competencia. La gran masa de la arquitectura contemporánea no va a poseer una significación cultural, en cuanto su papel fundamental va a ser funcional ante todo, por su condición de espacio final de enlace con las redes eléctricas y de telecomunicaciones.
De hecho el anonimato y el camuflaje se han convertido ya en las tácticas esenciales para el desarrollo de la arquitectura ligada a las empresas transnacionales. Hoy en día, la amenaza del terrorismo ha espoleado la búsqueda de la seguridad a través de la localización de las infraestructuras básicas en espacios anodinos y no identificables. Los centros de datos de los que he hablado en otra ocasión, son piezas esenciales del sistema de distribución en red de la información y esta arquitectura no tiene un correlato narrativo muy brillante: grandes estructuras de naves casi ocultas, situadas en parques empresariales insustanciales, próximas a las grandes redes viarias y de la comunicación telemática.

Centro de datos de la empresa Google en la universidad holandesa de Groningen. Foto: Erwin Boogert, Flickr
Existen ejemplos significativos a este respecto como algunos que ya señalaba Pawley en su libro: El edificio para la sede de la empresa Exxon en Dallas, un trabajo del equipo Hellmuth, Obata y Kassabaum de 1996 es un proyecto absolutamente desconocido porque la propia empresa exigió el anonimato total. En ese caso se impidió radicalmente la publicación de sus características espaciales en la prensa especializada, o simplemente la difusión de imágenes sobre su aspecto exterior. O el caso de la empresa Lufthansa que cuenta con oficinas públicas en todas las principales ciudades alemanas y algunas otras en el resto del mundo pero que, sin embargo, el centro donde se produce la actividad económica principal, es decir su central de reservas, se realiza en un edificio desconocido en un polígono industrial impersonal en la región irlandesa de Galway.
Debido a este fenómeno también, la arquitectura popular de nuestro tiempo, aquella relacionada con la producción de vivienda contemporánea, recurre a la estrategia de la representación de pasados históricos soñados e idealizados. Lo importante no es ya el continente sino la calidad de su conexión con las redes de servicios y, principalmente, con el acceso a las telecomunicaciones.
Deberíamos de dejar de pensar en la arquitectura como un reclamo publicitario y pasar a interesarnos más en cuales son sus funcionalidades esenciales y, por ello, en la importancia de la disposición de las redes de infraestructuras que lo conectan con el territorio circundante y con el mundo en general. Se debe incidir no solo en la forma en que llegan y salen el agua y los productos físicos que consumimos, sino también en toda aquella mercancía inmaterial que depende de un suministro eléctrico y de información de calidad.

Torre Nagakin en el barrio de Ginza en Tokyo. Kisho Kurokawa, 1972>

lunes, 12 de julio de 2010

HACIA UNA ADMINISTRACIÓN DIGITAL DEL TERRITORIO

Faustus. Grabado de Rembrandt van Rijn, 1653
En una época de vastos océanos de información y la llegada constante de nuevos datos desde los inmensos ríos que representan los medios de comunicación, una capacidad adecuada para el manejo de este caudal numérico se hace especialmente trascendente. En el caso particular de las administraciones locales, la gestión continuada e inteligente de estos flujos puede ser, seguramente, el fundamento básico para una política eficiente apoyada en el conocimiento ajustado de los lugares.

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Recoger y almacenar grandes cantidades de datos espaciales no es una tarea sencilla ante la enorme avalancha que se cierne en nuestros días sobre los receptores. Para ello es muy importante el establecimiento de una estructura comparativa común relacionada con el territorio y a partir de ella, lograr su segmentación en paquetes asumibles en su análisis racional. Una metáfora adecuada para comprender esta forma de fraccionar el constante flujo informativo es la de la piel de cebolla, un conjunto de capas que se van superponiendo paulatinamente hasta formar un volumen complejo y denso de materia informativa. Cada capa que se añade sobre los sitios constituiría lo que los geógrafos definen como un mapa tematizado. Y la primera capa imprescindible es la cartográfica.


El acopio de grandes masas de información espacial requiere una organización y estructuración en el tiempo que no es fácil de desarrollar. Es necesario tener una idea clara sobre los objetivos y los criterios formales con que se construirán las capas de datos, cuya organización coherente es primordial para una buena administración pública. El problema es que en nuestros días las posibilidades son infinitas, y además el elenco de disciplinas y actores que quieren contribuir a este análisis es muy variado, desde la geografía y el urbanismo, pasando por la ingeniería, el derecho, la biología, la economía, etc.
En unos momentos en los que se demanda una mayor participación ciudadana, la organización eficiente de esta información territorializada es una herramienta decisiva para la administración de la vida colectiva de las sociedades. Por el contrario, la acción política en los municipios y territorios es extremadamente frágil cuando no se dispone de información consistente y estructurada, lo cual depende del acceso a datos, fiables y organizados, que permitan describir con facilidad los caracteres específicos de cada sitio.
La segmentación por capas temáticas que posibilitan los actuales Sistemas de Información Geográfica
En pocas décadas, se ha pasado de una forma de estudiar el territorio en compartimentos estancos a una integración muy densa del trabajo realizado desde disciplinas próximas. El papel de la cartografía ha sido esencial en todo este proceso de unificación de la información. Y junto a ella también la contribución de los geógrafos ha mejorado notablemente la comprensión de la realidad territorial.
La construcción de una cartografía digital en nuestros días pasa por la generación de una representación tridimensional del territorio. Por ello, el modelo digital del terreno como herramienta básica debe poder formularse y verse siempre en 2 y 3 dimensiones simultáneamente, en aplicación de las tecnologías de dibujo disponibles.
Una cartografía digital orientada a la administración pública debe incluir una serie elementos mínimos que describan los componentes esenciales de un territorio. Entre ellos, las formas topográficas existentes en los lugares, los componentes de la geología y la vegetación natural, la disposición de las construcciones agrícolas y urbanas, de las infraestructuras y redes territoriales, etc.
Hoja tridimensional de la cartografía digital de la isla de Tenerife. Cartográfica Canaria, 2005
En un segundo nivel de precisión cartográfica se hace esencial la descripción de los elementos que formalizan la urbanización y la edificación. La interpretación precisa de las redes viarias urbanas y las construcciones situadas sobre el catastro parcelario en los núcleos habitados, ciudades y pueblos, es una base fundamental para que se pueda acometer una correcta ordenación urbanística. En Canarias, esa tarea cartográfica la ha asumido la empresa pública, Cartográfica de Canarias (GrafCan) que ha impuesto unas bases metodológicas rigurosas para la construcción cartográfica y, con ello, está permitiendo una generación, explotación y desarrollo eficiente de la riquísima información asociada.
Sobre esas bases digitales de la representación del territorio se están empezando a construir densos universos de datos que se afrontan desde las más variadas aproximaciones. Las bases de datos asociadas a la cartografía se establecen a partir de la formalización de un entramado continuo de piezas identificables que permita la asociación de etiquetas y, en consecuencia, la asignación univoca de referencias. Una cuestión esencial es la construcción de ese mosaico territorial digital de una manera muy precisa, ya que sin esta herramienta sería muy difícil verter una información localizada fidedigna. Aquí adquiere un papel central el análisis catastral del suelo.
El parcelario catastral refleja la historia de segmentación del suelo a lo largo de los siglos y establece un continuo de piezas superficiales que es la aplicación continuada de técnicas y criterios tradicionales en el reparto del territorio. La determinación de la forma y la estructura de la propiedad del suelo es un factor esencial para el desarrollo de ulteriores análisis y aportaciones. La averiguación de los límites geométricos precisos del parcelario urbano y rústico es un instrumento muy potente para el conocimiento de la realidad territorial.
En España, la inexistencia de unas bases cartográficas unificadas para el conjunto del estado, junto al trabajo excluyente de los pioneros en el análisis y determinación del catastro territorial, están contribuyendo a una ineficiencia muy importante en el trabajo de identificación del mosaico digital del espacio geográfico. El primer organismo interesado en conocer el alcance de la geometría de la propiedad del suelo ha sido la Hacienda Pública, con el objetivo evidente de construir un sistema impositivo sobre el suelo. Para ello, algunos países suelen hacer extensos trabajos cartográficos y de estudio de la realidad parcelaria sobre la base de ese interés concreto. Y debido a lo cual, está pasando una factura negativa de creciente inconsistencia con otras aproximaciones y bases de datos territoriales.
Representación del mosaico parcelario en el municipio de Tacoronte. SigPac
Una aproximación reciente y más precisa en esta línea es la que está ofreciendo el cuerpo de registradores españoles de la propiedad. Después de centurias en que sus antecesores, escribanos, notarios, han descrito la propiedad del suelo solo a partir de su identificación oral y escrita, estos funcionarios públicos se han decidido también a concretar gráficamente el alcance de las transacciones que fiscalizan y certifican. La tarea de dibujar la propiedad del suelo sobre bases cartográficas a partir de los datos aportados por los documentos derivados de las transacciones sobre el suelo, constituirá en el futuro una herramienta definitiva. Evitará las dudas habituales en la identificación y permitirá esclarecer innumerables operaciones económicas que tienen su fundamento en la disposición del suelo.
Un ejemplo notable de este proceso, liderado por algunos registradores de la propiedad como Oscar Vázquez, se desarrolla actualmente en el conjunto de las islas Canarias. Desde hace algo menos de una década, se viene formalizando una cartografía catastral ajustada a las sucesivas transacciones realizadas sobre el suelo. Todo ello a partir de los datos aportados en las escrituras identificativas de operaciones de compra y venta y la información oral recabada a los propietarios y directamente reflejada sobre la cartografía homologada en el archipiélago.
Una tercera capa esencial para la administración digital del territorio es la que aporta la ordenación territorial, un trabajo heredero de la planificación urbanística y que se suele confundir con ella. La ordenación territorial debe actuar partiendo tanto de las bases cartográficas como de la información catastral más precisa, para lograr establecer una correcta asignación de usos y aprovechamientos admisibles sobre el territorio.
La ordenación urbanística y del territorio se basa en la segmentación precisa del espacio entre aquellas superficies que pertenecen a la colectividad y aquellas otras que son de titularidad esencialmente privada. Esta parte de la ordenación del espacio se construye a partir de la definición de las alineaciones, esas líneas geométricas que definen la frontera entre lo público y lo privado a los efectos de la ordenación del suelo.
La ordenación urbanística trata, entre otras cosas, de la necesidad de definir de una manera eficiente la estructura de la accesibilidad, el alcance de calles y caminos en lo urbano. Por ello, es una componente que adjetiva muy precisamente la forma en que las distintas sociedades conciben la vida en común. Cuando observamos las formas urbanas a lo largo de la historia vemos que la evolución de las sociedades hacia formas de organización más complejas incide en el paulatino incremento del espacio público.
La ordenación urbanística y territorial es una convención de gobierno que representa un esfuerzo público muy importante para establecer una infraestructura tutelar que permita la intervención ordenada de los particulares sobre el espacio. Es a partir de una estructuración y coordinación ajustada de todos los elementos descritos anteriormente cuando se logra disponer de una buena herramienta de gobierno político de las entidades administrativas que conforman el espacio geográfico (municipios, islas, provincias y regiones en el caso español).
Análisis geográfico del carácter biótico de las superficies de la isla de La Palma. Proyecto de la fundación Reserva Biosfera de La Palma, 2009
Una adecuada administración del territorio es un recurso técnico que caracteriza a las sociedades y regiones avanzadas ya que permite un mejor aprovechamiento de unos suelos cada vez más escasos. También ofrece un arbitraje racional entre intereses contrapuestos en el uso del espacio. De su aplicación eficiente y precisa depende la economía de los territorios y por ello su carácter como instrumento estratégico de gobierno.
Es evidente que la tentación natural de las sociedades al desorden incide en la constante extensión de ámbitos opacos y poco justificados que son fuente de todo tipo de corruptelas administrativas en la ordenación territorial. La única salvaguarda a estos procesos autodestructivos que expanden una mayor ineficiencia social y económica es la transparencia pública, junto a la justificación racional de las decisiones que apoyan la asignación de los usos del suelo y la limitación de los aprovechamientos privados que es posible asignar.
Un efecto que resulta preocupante para arquitectos y urbanistas de todo este proceso, es la creciente insensibilidad sobre la buena forma urbana. Una actitud que, por ignorancia, se expande en este mundo relacionado con el manejo de datos digitales sobre el territorio. La arquitectura ha pasado a tener aquí un carácter marginal. Como consecuencia, el espacio urbano se resiente ante la inconsistencia y vulgaridad de la forma de los edificios. Todo ello obedece a esa lógica ineluctable relacionada con la marginación que padecen todas las opciones artísticas no monetizables claramente. Este hecho es una secuela más que se desprende de las extensas energías que hay que dedicar a otras cuestiones más inmediatas. Entre ellas, encauzar y examinar ese flujo constante de datos espaciales que señalaba al principio.
Alguien lo expresaba así: En una época de masiva disponibilidad, el derroche de cosas físicas genera basura y el exceso de información produce ruido. Y en este caso, en lo que se refiere al manejo de las ciudades y el territorio, el ruido ambiental también nos está impidiendo constantemente discernir cuales son las cuestiones esenciales que se deberían estar acometiendo.>

sábado, 3 de julio de 2010

SAMSØ, UNA ISLA AUTOSUFICIENTE

Adolescentes dentro de un aerogenerador en la isla danesa de SamsØ

Desde hace algunos años, una de mis obsesiones reiteradas consiste en imaginar como sociedades tan frágiles como las insulares podrán sobrevivir en un futuro próximo de creciente escasez de recursos.

Algunas islas han sobrepasado sobradamente su capacidad de carga poblacional. Es la situación de las Canarias en donde vivo. Con dos millones de habitantes y 7.500 km2, el archipiélago canario no puede sobrevivir desde hace ya bastante tiempo limitado a sus teóricos recursos disponibles, tanto naturales como primarios. Harían falta 4,5 archipiélagos.
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Estas islas se han convertido claramente en una especie de región urbanizada en medio del océano que basa su supervivencia en el atractivo de un clima privilegiado, la oferta de servicios especializados y la exportación de algunos bienes en menor escala. En consecuencia, se ha abandonado radicalmente la producción local de alimentos con destino a los que aquí habitamos, que no llegan a cubrir las necesidades ni en una veinteava parte de lo que se precisaría. En una hipotética circunstancia de hecatombe que implique una restricción radical de suministros, algunos han calculado en solo una decena de días, el tiempo en que se tardaría en empezar a pasar hambre.
El sistema económico imperante refuerza constantemente este tipo de desequilibrios suicidas en gran parte del mundo. Refiriéndonos al contexto internacional, se observa como algunas partes del mundo luchan denodadamente para obtener el máximo de materias primas, productos manufacturados, servicios, etc. mientras que otros lugares –la mayor parte del territorio disponible- van contando con una decreciente disponibilidad de elementos esenciales para la vida, agua, alimentos, etc.
En un supuesto extremo, esta carrera despiadada hacia la concentración geográfica de la población en escasos puntos del globo nos podría llevar a una situación límite en el que la totalidad de la población estuviera localizada en varias regiones del globo muy densamente habitadas y que no supusieran más de una milésima parte del suelo emergido, mientras el resto de las superficies de tierra y los océanos se dedicaran al suministro de esos espacios exclusivos.
Naturalmente, ese proceso se fundamenta en varios pies de barro de los que no somos conscientes de una manera cabal. Y es que el propio sistema de relaciones imperante trata de ocultarlos o dulcificarlos. Una de esas bases funcionales que está en estos momentos en una situación radicalmente precaria, debido a la desaparición paulatina de sus fuentes de origen tradicionales, es la disponibilidad de energía barata y abundante que permita el fácil y rápido desplazamiento masivo de bienes y personas.
Volviendo a las islas y sus sociedades, algunas podrían haber asumido sin mayor vacilación ese tipo de estrategia altamente depredadora como ocurre con Singapur en el sudeste asiático. Una ciudad estado cuyos habitantes trabajan esforzadamente para sacar el máximo partido de esta forma despiadada e incontrolada de estructuración del mundo contemporáneo. Singapur ofrece los productos y servicios más avanzados para mantener una población de 4,5 millones de habitantes en un espacio de 700 km2 (similar a la pequeña isla de La Gomera). Allí la densidad poblacional es altísima, 6.400 habs/km2 y al mismo tiempo, ese índice absurdo que mide el éxito económico de las sociedades, el PIB per capita, alcanza casi los 40.000 $.
Esa ciudad estado necesita de un extenso hinterland para poder subsistir. Es decir, aplica y se basa en la característica esencial de la urbanización: la concentración de poblaciones cada vez más densas en lugares dotados de accesibilidad, tecnologías, servicios e infraestructuras complejas, llevando implícito la disposición de un territorio extenso asociado al suministro de todo tipo de recursos que garanticen su funcionamiento. En el caso de Singapur, su situación estratégica le permite en primer lugar, aprovecharse del comercio con todos los países en torno al estrecho de Malaca y el mar de China meridional, Indonesia, Malasia, Vietnam, etc.
Otras islas, por el contrario, han alcanzado un equilibrio más razonable para mantener a su población. Es el caso de Tikopia, una isla de la Micronesia de la que ya he hablado en varias ocasiones aquí, en este espacio. La característica que más me llama la atención de este tipo de islas autosuficientes es su diminuto tamaño y una población pequeña en un relativo aislamiento del exterior.
Recientemente, he descubierto otro ejemplo muy significativo a este respecto que ha tenido un éxito notable en lo que se refiere a su autosuficiencia energética, transformado una situación desfavorable en un período de tiempo relativamente corto. Es el caso de la isla danesa de SamsØ, situada en el mar del Norte, entre la península de Jutlandia y la gran isla de Selandia en la que se sitúa la capital del país, Copenhagen.
Isleño conectando a la red su automovil eléctrico

Dinamarca es un país que se caracteriza por el alto espíritu cooperativo de sus habitantes. Gracias a ello han podido construir un estado de bienestar altamente competitivo y eficiente que es la envidia de muchas naciones. Fruto de esta forma especial de puesta en común de los recursos y la ayuda mutua generalizada es su inmejorable economía que supera claramente la de Singapur con una producción global de 311.000 millones de dólares y un PIB per capita de 57.000 $.
La isla de SamsØ es también un pequeño territorio en medio de la nada, con 112 km2 y 4.500 habitantes, dependiente administrativamente de la ciudad de Aarhus y dedicada tradicionalmente al cultivo de cereales, fresas y ganadería de baja intensidad. Un lugar como tantos otros del Norte de Europa, en el que la existencia transcurre placidamente.
Pero lo verdaderamente interesante de SamsØ, es que en 1997 sus habitantes decidieron colectivamente transformar la isla en un espacio libre del consumo de combustibles fósiles y sin emisión de gases de efecto invernadero. Su decisión tenía según señalan ellos mismos un carácter esencialmente egoísta, lograr la independencia energética total y que el combustible necesario para sus necesidades funcionales cotidianas fuera gratuito al menos. Durante un tiempo esos isleños reflexionaron sobre esta cuestión organizando seminarios sobre energía eólica y otras formas de suministro energético, llevando posteriormente a la formación de grupos cooperativos.
Finalmente, decidieron -entre otras estrategias- construir un sistema independiente de provisión energética. Para ello, establecieron también que la propiedad del sistema energético fuera del conjunto de personas que habitan la isla y que habían decidido alcanzar la autosuficiencia. El resultado organizativo no es una empresa pública sino una sociedad colectiva liderada por la administración local.
El sistema se basa en la disposición de una central de producción eólica situada en la plataforma costera formada por 10 aerogeneradores de viento de 77 metros de alto alineados en el mar próximo a la isla. A ellos se ha añadido un onceavo en tierra. El coste de la operación supuso el desembolso inicial de 28 millones de €uros de entonces, a razón de algo más de 2 millones por cada elemento situado en el mar y un desembolso promedio de 15.000 € por cada participante. La financiación de la operación fue financiada con el apoyo del estado danés.
Hoy, una docena de años después, la situación es que las infraestructuras se han ejecutado y se encuentran en una proporción económica estable. Según declaraciones de los residentes se ha producido una transformación radical, ya que en 1990 se importaba la totalidad de la energía consumida en la isla; en 2001 ya se habían alcanzado un equilibrio en lo que se refiere a las emisiones; y en 2003 se logró la total autosuficiencia energética pasando la isla a ser exportadora neta hacia el continente desde entonces. En ocho años habían recuperado la inversión y hoy, los habitantes de SamsØ sacan ya beneficios económicos directos de la producción local de energía eólica y solar. En 2009 cada persona adherida al proyecto obtuvo un dividendo de 400 €uros, según Jesper Jens, periodista de Aarhus.
Además, los samsigers (nombre con el que se reconocen a sí mismos estos isleños) han empezado a adaptar sus casas para aprovechar la poca energía solar que ofrece el clima de Dinamarca, en donde el sol aparece realmente en verano y la luz es constante solo desde Mayo hasta finales de Agosto. En muchas casas se han instalado paneles solares para producir el agua caliente sanitaria. Y para la calefacción que es necesaria para combatir las bajas temperaturas del invierno, se usa biomasa; se quema una combinación de madera y hierba seca acumulada en verano. Los granjeros han adquirido motores adaptados al uso de aceite de colza, producto vegetal cultivado localmente. Un combustible alternativo usado también para la maquinaria agrícola y los tractores.
Otro hecho significativo es que uno de cada cuatro habitantes no ha creído en el proyecto y continúan recibiendo la electricidad de la red o produciendo la energía que necesitan sus casas a base de gasóleo. No obstante, la mayoría se ha decidido a mejorar las condiciones de aislamiento térmico de sus casas y a contribuir con la producción local de electricidad, gestionada y financiada por la comunidad, adhiriéndose todos globalmente al suministro colectivo ya organizado independientemente.
Se desprende de todo esto que es posible que los habitantes de una isla cualquiera se puedan organizar comunalmente para solucionar uno de los problemas más candentes en nuestros días, la energía. Se apoyan en una organización no gubernamental para gestionar la adquisición y suministro eléctrico denominada SEA (Samso Energy Agency) al margen de grandes empresas energéticas y compañías transnacionales.
Su objetivo principal es estimular una aproximación desde abajo a la gestión de la energía. Se plantean aumentar la eficiencia a través de la instalación de dispositivos que aprovechen las posibles fuentes renovables locales y ofrecer la experiencia acopiada a nivel regional. SEA es miembro de INRES una organización europea que promueve la investigación en energías renovables en la cual participa el Instituto Tecnológico de Canarias. En INRES se apoya también la experiencia de la central hidroéolica de la isla canaria del Hierro que he comentado y puesto como ejemplo en otra ocasión.
La espina que permanece irresuelta en este objetivo global de la autosuficiencia completa de SamsØ, la isla en el viento, es la que se refiere al transporte de personas y mercancías. Pese a que muchos usan las bicicletas y la caminata, el ferry de acceso y algunos vehículos de usuarios locales siguen consumiendo petróleo o, en algún caso, biodiesel fabricado con aceite vegetal producido en la propia isla. Recientemente, han pretendido introducir vehículos eléctricos de pequeño tamaño con los que eliminar definitivamente las emisiones contaminantes.
Proyecto para una pequeña urbanización de casas solares pasivas en la isla de SamsØ. Arkitema
Hoy en día los samsingers, están muy orgullosos de su experiencia y piensan en el intercambio de experiencias hacia una mayor sostenibilidad territorial como algo positivo para su propio lugar y el resto del mundo. De hecho, este pequeño enclave se ha convertido en una especie de lugar de peregrinación de aquellos que quieren observar en directo como viven esos personajes que han logrado solucionar la obtención de energía de una manera más eficiente y menos dañina para el entorno. Han atraído con ello una especie de turismo de baja intensidad.
La isla danesa de SamsØ ha demostrado que en un período relativamente corto, una década escasa, se puede transformar una situación energética desfavorable en un sistema completamente autosuficiente.--->