lunes, 28 de septiembre de 2009

ARQUITECTURAS PERSONALES Y LUGAR

Sala del Consejo de la empresa municipal de Aguas de La Laguna. Federico García Barba y María Nieves Febles arquitectos. 1997
Los planteamientos del movimiento bautizado como regionalismo crítico, y voceado por Kenneth Framptom a finales de los años 70 del pasado siglo, tuvieron un gran impacto en mi manera de concebir una arquitectura posible en un ambiente determinado como el que existía en el archipiélago canario por esos años. Una sociedad embarcada en la construcción de una identidad específica en la que, por fin parecía florecer el esfuerzo y el pensamiento de tantos y tantos intelectuales que nos habían precedido en estas islas en que vivo.

Como ya he intentado explicar en un texto anterior, es muy difícil realizar un trabajo artístico e intelectual realmente novedoso sin entender el contexto cultural y sin analizar las raíces que han originado una forma peculiar de entender el lugar específico y el concreto espíritu del tiempo, acudir a los recurrentes genius loci.

<---De todas estas reflexiones surgiría una ambición imperiosa para hacer un prototipo de arquitectura que integrase aquel conjunto de pensamientos. Recuerdo que en aquellos tiempos de 1980, quería a toda costa construir una obra de arquitectura para mí. Sin dinero, ni apoyo, ni siquiera solar concreto, me embarqué a preparar el proyecto de mi casa familiar, aquella en la que he vivido más de treinta años ya.
Casa en Los Laureles. Tacoronte, 1986.

Esa casa se basaría en la interpretación del sitio, un enclave rural conocido como Tacoronte. Un topónimo aborigen que hace referencia a un lugar entre montañas. Esa interpretación incluyó el análisis de los precedentes construidos y el empleo de los materiales tradicionales junto a referencias a la cultura arquitectónica contemporánea. Una estrategia proyectual a la que he recurrido reiteradamente a lo largo de los años, como veremos a continuación.
En confrontación a una visión reductiva de la arquitectura popular impuesta en el imaginario canario, al afrontar ese proyecto de vivienda me planteé iniciar una pequeña reflexión sobre determinados prototipos tipológicos que son muy característicos en las casas campesinas del Norte de Tenerife. La idea era evaluar las posibilidades de hacer un proyecto contemporáneo recuperando determinadas concepciones espaciales destiladas por la cultura tradicional inherente al sitio.
Uno de los sistemas tradicionales más característicos de organización espacial de las viviendas que observé allí, consistía repetidamente en la construcción de un pequeño prisma rectangular, bajo cubierta de tejas a cuatro aguas. En edificios más complejos, se repetía esa pauta volumétrica inicial, añadiendo nuevos módulos similares en paralelo. Una práctica ventajosa que atendía a la aparición creciente de nuevas necesidades de la unidad familiar rural.
Con esa idea organizativa en mente, la propuesta realizada consistió en la definición del edificio como dos cajones rectangulares casi independientes, apoyados en una plataforma horizontal construida sobre muros de mampostería basáltica. Con ello pude conseguir adaptar la futura vivienda a la capacidad económica de sus propietarios; es decir, mi propia familia. Esa simplicidad volumétrica proyectada permitió su construcción en dos fases separadas temporalmente, que abarcaron un período de casi cinco años.

Espacio interior principal de la casa. Tacoronte, 1986.

Unas preexistencias observadas sirvieron de base, en aquel caso, para la determinación de un proyecto que buscaba no abstraerse completamente de su entorno. Esta pequeña reflexión sobre las características espaciales y constructivas de la arquitectura popular canaria y el empleo de patrones y recursos necesariamente modernos me permitió realizar una obra que presentaría matices diferenciales solo asimilables a aquel lugar.
Años más tarde, a comienzos de la década de los noventa, tuve la oportunidad de ampliar esta estrategia de confrontación con las ideas de organización popular del espacio. Fue con motivo del encargo de dos pequeños centros culturales en diferentes caseríos tradicionales lo que me obligó a volver a considerar la inserción de nueva arquitectura en el espacio rural. Uno de ellos se situó en el húmedo y escarpado valle de Taganana, en el que la acumulación paulatina de edificaciones, el abancalamiento agrícola y los sistemas de accesibilidad y riego han dado origen a un lugar de una indudable belleza, conformado por una estructura paisajística muy peculiar. La aportación de muchas generaciones de colonizadores agrícolas a la forma de aquel territorio ha supuesto un aprovechamiento humano que posiblemente interacciona muy adecuadamente con las difíciles condiciones geográficas.

El nuevo centro cultural en el entorno paisajístico del valle de Taganana. 1992.

La formalización del nuevo edificio se basó en la reutilización heterodoxa de las técnicas constructivas empleadas en los aterrazamientos agrícolas tradicionales. Después de una meticulosa valoración de la topografía del terreno, la traza de la planta se fue adaptando a las complicadas condiciones geométricas del solar. El abancalamiento mediante muros de mampostería de piedra basáltica evitaba tanto fuertes desmontes, como la aparición de los acentuados volúmenes que el programa demandado exigía.
El planteamiento del proyecto es deudor de la forma en que se dispone su sección, un condicionante que así deviene en el criterio básico del diseño. El control del ajuste vertical del edificio a la forma de la parcela supuso probablemente una garantía para la correcta inserción de la obra en un sitio tan abrupto como éste.
Una alternativa formal diferente es la que se orquestó para el pequeño centro cultural de Teguedite, un pequeño conjunto de viviendas situado en un entorno muy diferente. El emplazamiento se identificaba básicamente por un entorno de huertas destinadas a la agricultura de temporada. El sistema de cultivo empleado en la zona se caracteriza por la técnica del enarenado que consiste en la cubrición del terreno con jable o árido triturado de puzolana. Las pequeñas viviendas rurales, situadas en el entorno próximo, se caracterizan por unas formas de gran sencillez, pequeños cubos y prismas revestidos a la cal que brillan sobre la geografía bajo la potente luz del sol.
El elemento esencial con el que se ha construido tradicionalmente este territorio ha consisitido en una piedra puzolánica amarilla que dota a todo el paisaje de su característica unidad cromática. Color que tiñe tanto a los bancales de cultivo como a las pequeñas casas se han construido en cantería de este material hasta fechas muy recientes.
Todos estos elementos de carácter heterogéneo que señalo, funcionales, climáticos, constructivos, etc. intervinieron en la definición de cada uno de estos proyectos, siempre con el objetivo de lograr una inserción específica de los edificios en el paisaje de sus lugares. Con esa reelaboración de componentes locales hacia una versión un poco más culta de la arquitectura popular, intentaría una diferenciación y el refuerzo, por tanto, el carácter didáctico de la arquitectura pública. Se apostaba con ello por la conservación de la diversidad cultural frente a ciertos extrañamientos y uniformismos irreflexivos.

Fachada de la nueva sede de la empresa municipal de Aguas de La Laguna. 1997. Federico García Barba y María Nieves Febles, arquitectos.

Un caso diferente de inserción de nueva arquitectura en entornos tradicionales se produjo cuando afrontamos la ampliación de un edificio antiguo localizado en el casco histórico de La Laguna. Se trataba de la reutilización de una antigua casona señorial como sede de la empresa municipal de aguas de la ciudad. La naturaleza del encargo quedó condicionada, además, por la necesidad de conjugar la reestructuración de un edificio residencial para usos administrativos, con las estrictas condiciones de protección establecidas por el planeamiento vigente.
Antes de iniciar el proyecto se hizo un análisis tipológico de los edificios tradicionales presentes en ese ámbito urbano, declarado posteriormente Patrimonio de la Humanidad. Se llegaron a identificar unas pautas características en la forma de producción de la edificación, aquellas que definían una manera original de hacer la residencia, relacionadas específicamente con el carácter vernáculo de ese casco histórico. En paralelo, se realizó un estudio exhaustivo de la historia constructiva específica del edificio en el que intervendríamos. A raíz de ello se detectó, el fuerte efecto negativo que supuso una ampliación efectuada a finales del siglo XIX en clave historicista que cambió la disposición de la primitiva escalera e introdujo una crujía interior muy estrecha paralela a los muros estructurales de piedra del edificio previo.

Sede de la empresa Teidagua. La Laguna, 1997.Axonometría explicativa de la intervención.

En consecuencia, el proyecto de intervención se planteó desde el respeto a aquellas pautas tipológicas tradicionales, características de La Laguna y de raíz netamente mudéjares. La reforma del edificio que se propuso trataba de rematar el crecimiento hasta entonces realizado en la edificación, siguiendo los procesos formales y volumétricos tradicionales detectados allí. Era fundamental, en este sentido, el mantenimiento de un patio trasero y la conservación de los árboles de porte presentes.
La parcela contaba con dos fachadas paralelas entre sí y la intervención se planteó rehabilitando los volúmenes existentes, la conservación de un vació interior y el añadido de un nuevo volumen que definiera una nueva fachada posterior y permitiera un acceso más desahogado para los usuarios de las oficinas. El nuevo edificio se caracterizaría por una geometría irregular en respuesta a la forma de la parcela y que, en planta baja, se abriría espacialmente al patio interior, en el que se procedió a mejorar su ajardinamiento irregular. Ello garantizaba a los futuros usuarios el disfrute del espectáculo cambiante de las estaciones y la incidencia directa de la luz.
La rehabilitación de la parte más antigua se planteó a partir de la idea de corregir los desafueros realizados en la ampliación del XIX, restaurando a la manera tradicional la nave más próxima a la fachada, introduciendo una tercera planta en su parte trasera y devolviendo la escalera a su posición primitiva. En este caso, se trabajaron las nuevas cubiertas para dotar a la estrecha crujía central de una luminosidad y una singularidad espacial de la que carecía.

Interior de la sala de atención a clientes de la empresa Teidagua. La Laguna, 1997. Federico García Barba y María Nieves Febles, arquitectos.

En el año 2000, ganamos el concurso para la realización de un pequeño museo en otro de los pueblos que puntúan el norte de Tenerife, conocido como el Sauzal. Aquí volvería a usar por última vez y hasta la fecha esa forma de proyectar en el respeto a lo local que me ha acompañado a lo largo de los años.
En este caso, se trataba de acondicionar la casa natal de Sor María de Jesús, conocida como la Sierva de Dios, personaje del siglo XVII en proceso de beatificación, profundamente venerada por los tinerfeños y cuyo cuerpo incorrupto se encuentra depositado en el Convento de Santa Catalina de Siena de la ciudad de La Laguna.

Acceso a la primitiva casa de Sor María de Jésus. El Sauzal, 2003. Restauración de GBGV Arquitectos.

El encargo presuponía la habilitación de espacios expositivos que permitieran la presentación a los visitantes de los rasgos más sobresalientes de la vida y obra de la llamada Sierva de Dios. Al mismo tiempo, se tenía que organizar la visita a la casa natal lo que suponía la restauración del edificio original para albergar mobiliario y enseres que reflejaran también el característico modo en que se desenvolvería la vida rural de Tenerife en los siglos pasados.
El proyecto respondió a estos dos requerimientos básicos dividiendo la intervención en dos actuaciones diferenciadas. La primera parte trataba de resolver las necesidades informativas mediante la construcción de un nuevo pabellón que contendría toda la documentación sobre la vida y obra de Sor María de Jesús. La segunda se plantearía como una restauración a partir de la reconstrucción estricta de los espacios que originalmente constituirían aquel pequeño entorno doméstico.

Interior del pabellón expositivo de la Casa Museo de la Sierva de Dios. El Sauzal. GBGV Arquitectos, 2003.

Reflexionado sobre mi posible evolución como arquitecto, destacaría algunos tics ya consolidados en la rehabilitación de la arquitectura vernácula. Es el caso del respeto radical a unas formas y maneras populares que podrían considerarse muy humildes, un trato escrupuloso al intentar la recuperación de la esencia de aquellos simples espacios y siempre la utilización de los pobres y austeros elementos constructivos tradicionales. Como materiales estilísticos con los que escribir los diálogos de la nueva arquitectura, añadiría el análisis de las condiciones del sitio para extraer sus mejores posibilidades, la investigación sobre nuevas combinaciones espaciales y el recurso a los materiales del lugar, las piedras locales, la madera, las técnicas tradicionales usadas de una manera heterodoxa, etc. --->

lunes, 21 de septiembre de 2009

RETAGUARDIA CRÍTICA

Acceso a la Fundación Serralves. Museo de Arte Contemporáneo, Oporto. Alvaro Siza Vieira

El debate arquitectónico experimentado en el último medio siglo ha sufrido vaivenes notables. En las postrimerías de aquellos divulgados Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna -los celebrados en Oterloo (1959) y en Urbino (1966)- las preocupaciones intelectuales de sus protagonistas se centraban en el rechazo al llamado internacionalismo y con ello, la denuncia de los errores a los que habían conducido las propuestas abstractas de la Carta de Atenas.

En aquellos años, la búsqueda constante de nuevos paradigmas hizo surgir planteamientos interesantes en el campo de la teoría y la práctica de la arquitectura. Gentes como el matrimonio Smithson, Louis Kahn, Ernesto N. Rogers y tantos otros hicieron concebir nuevas esperanzas para una renovación más ajustada a los sitios y lugares. La apertura de nuevos caminos de experimentación y sustento teórico sobre bases concretas condujo finalmente a la aparición de algunos escenarios alternativos al Movimiento Moderno, tales como el llamado Brutalismo en arquitectura, la experiencia Neorealista Italiana o la recuperación de un clasicismo actualizado. Así se iniciaría la sucesión de modas que ha pautado el desarrollo de la arquitectura en la segunda parte del siglo XX.
Erdman Hall, Bryn Mawr, Philadelphia. Louis I. Kahn. Foto: stosh1978, Flickr

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Más tarde, tendría un papel protagónico la etiqueta del Postmodernismo que acababa de irrumpir en el campo de la arquitectura con un auge propagandístico inusitado. Un nuevo istmo surgido sobre la base de la publicación del libro homónimo –Post Modern Architecture- del exitoso divulgador británico, Charles Jenks. Una formula cultural que luego se extendería con gran profusión a otros ámbitos de la cultura. El autor, junto a innumerables voceros a uno y otro lado del Atlántico, propugnaba como seña de identidad de esa posición formalista una recuperación acrítica del lenguaje clásico, su aplicación a la arquitectura contemporánea de una manera que podríamos considerar decorativa y que, devendría finalmente en un breve lapso de tiempo, en otro recurso propagandístico para avalar todo tipo de desaguisados inmobiliarios.
En esa época, frente al encandilamiento generalizado que significó el movimiento postmoderno, la propuesta de un regionalismo racionalizado de Framptom, una posible estrategia de integración entre el lugar concreto y el conocimiento global parecía un camino más apropiado para el desarrollo de la arquitectura en un ámbito periférico como el que puede representar el archipiélago canario en el contexto internacional de la cultura.
La primera referencia a estas nuevas ideas la encontré en un pequeño texto titulado El regionalismo crítico: arquitectura moderna e identidad cultural, de Kenneth Framptom y publicado en 1985 por la revista madrileña A&V Monografías de Arquitectura y Vivienda. En esa reflexión se exponía el carácter renovador que podría suponer la confrontación dialéctica entre tradiciones locales y modernidad universal. A través del recurso a determinados grupos regionales y personalidades cualificadas de la arquitectura más reciente, aquel texto exponía lo que podrían parecer los elementos constitutivos de un posible movimiento realmente innovador en la arquitectura.
Can Liz, Mallorca. Jorn Utzon. Foto: drz image, Flickr


En él aparecían citadas las obras de personajes clave de la arquitectura contemporánea, como Jorn Utzon o Louis Kahn, precursoras de una posible actitud que quedaría emparentada con aquel llamado regionalismo crítico. El caso peculiar de Alvar Aalto representaba también un claro precedente de esa posición de una arquitectura que, sin renunciar a su voluntad internacionalista, aparecía ligada a un territorio concreto. En el caso de Aalto, ese lugar específico era lógicamente Finlandia.
Casa de veraneo en Muuratsalo, Jyväskilä. Alvar Aalto. Foto: Paula Moya, Flickr

Tras aquellos precursores se ordenaban otros trabajos de algunos arquitectos más recientes como Mario Bota y Alvaro Siza. Obras significativas y brillantes explicadas sutilmente en su relación con una cultura local específica, el de la Suiza italiana en el caso del primero y la zona alrededor de Oporto en el segundo.
Decía Framptom, si hay un principio que resuma fácilmente al regionalismo crítico es el del compromiso con el lugar antes que con el espacio. Apoyándose a su vez en Hannah Arendt, el autor valoraba aquí lugar como una forma de resistencia frente a una unificación universal indiscriminada; como la encarnación de una cultura en un espacio geografíco determinado; ello, frente al universalismo del espacio impuesto por la globalización cultural imperante. Por otra parte, esa forma de abordar la arquitectura podría ser el resultado de la expresión del talento de individuos concretos enraizados en un territorio muy delimitado.
En el pensamiento de Kenneth Framptom el regionalismo crítico no pretendería recuperar las tradiciones locales como una evocación simplista, irónica o sentimental, tal como pudo ser propuesta por los neohistoricismos y regionalismos de carácter romántico que surgieron a finales del XIX y tampoco por la panoplia formal desplegada por el estilo postmodernista de finales del años 70. Por el contrario, tomaría como eje de sus propuestas una reinterpretación de lo vernáculo, analizando sus fundamentos espontáneos aquellos relacionados con la etnografía y la sabiduría ancestral: la coherencia de las construcciones populares con la topografía, su adecuación al clima, el aprovechamiento visual del paisaje, etc. En definitiva, la recuperación de los fundamentos culturales y los mitos locales que condujeron a una acumulación de pautas adecuadas para el encaje de la arquitectura en unos territorios determinados.
Aquellos planteamientos tuvieron un gran impacto en mi manera de concebir una arquitectura posible en un ambiente como el que existía en el archipiélago canario por esos años. Una sociedad embarcada en la construcción de una identidad específica en la que, por fin parecía florecer el esfuerzo y el pensamiento de tantos y tantos intelectuales que nos habían precedido en estas islas.
Como ya he explicado en un texto anterior, es muy difícil realizar un trabajo artístico e intelectual realmente novedoso sin entender el contexto cultural y sin analizar las raíces que han originado una forma peculiar de entender el lugar específico y el concreto espíritu del tiempo, acudir a los recurrentes genius loci.
Capilla del Instituto Tecnológico de Illinois, Chicago. Mies vander Rohe. Foto: planckstudios, Flickr

Un caso que, en mi opinión, podría equiparase desde la lejanía del tiempo y su universalidad, pero dentro de este contexto relacionado con el anclaje de la obra en los lugares, es el que representa Mies van der Rohe y su camino peculiar para el desarrollo de un discurso arquitectónico contemporáneo. Según Felix Duque, Mies siempre persiguió la superación de la técnica mediante la extracción de su artisticidad. Algo que, paradójicamente, existiría en sí misma. Según sus palabras cuando la tecnología alcanza su plenitud, trasciende hasta hacerse arquitectura. Y retornando al origen también señala Nuestra tarea, en esencia, es liberar a la práctica constructiva del control de los especuladores estéticos y restituirle aquello que debiera ser exclusivamente: construcción.
En la lectura y aplicación correcta de las especialidades constructivas relacionadas con cada lugar, en la extracción austera de su esencia volumétrica y tectónica, en la persecución de la fiabilidad de los materiales, su brillo, su fiabilidad peculiar, etc. se encontraría, según Mies, la verdadera trascendencia en arquitectura.
Siguiendo tanto el discreto planteamiento del regionalismo de Kenneth Framptom y la ambiciosa persecución de la verdad de Mies van der Rohe, creo que una perspectiva adecuada para estos momentos de incertidumbre podría situarse en una retaguardia crítica. Una posición alejada del fragor de la batalla de las arquitecturas rutilantes, casi un espacio de sosiego para la meditación sobre el trabajo personal, el encuentro entre las realidades próximas y la avalancha de imágenes procedente del exterior.
Casa del té. Matosihnos. Alvaro Siza Vieira

Después de una centena de años en que se ha perseguido sin cesar el vanguardismo en todos los estamentos de la arquitectura, considero esa retaguardia crítica como una reacción adecuada frente a la falsa escena de las estrellas impuesta desde el consumo mediático internacional. --->

lunes, 7 de septiembre de 2009

CASAS CANARIAS

La arquitectura tradicional de Canarias inserta en un entorno urbano. Calle de San Juan del Puerto de la Cruz en la isla de Tenerife. Acuarela de Francisco Bonnín. 1928

¿En que consiste el arte adaptado a un sitio concreto? ¿Que factores estilísticos llegan a ajustar adecuadamente una obra a la idiosincrasia de una cultura determinada? ¿Como hacer propuestas que respondan adecuadamente al espíritu del lugar y también al carácter de tu época? Son preguntas que muchos se hacen y en mi caso, específicamente en relación a la arquitectura, me obsesionaron durante bastantes años.

Porque la arquitectura entendida como actividad cultural tiene una responsabilidad que va más allá de la mera construcción de edificios y, en algunos casos, se transforma en la representación física de una específica manera de comprender el mundo, de la forma en que tus contemporáneos habitan un lugar concreto del planeta.

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Tipo arquitectónico básico y su crecimiento hasta formar una casa con patio central. Análisis tipológico de la arquitectura tradicional de la ciudad de Garachico en la isla de Tenerife. Grafíco del autor. 1996

Cuando empecé a trabajar como arquitecto, aquí donde vivo hace ya unos cuantos años, había una cosa que me intrigaba y casi me acosaba en mi entorno próximo. Consistía en una constante demanda relativa a una supuesta arquitectura canaria. Así, con denominación de origen. Eran años, allá a comienzos de la década de los 80, en los que se dedicaban importantes esfuerzos intelectuales orientados a la reivindicación de identidades locales. Un reflujo romántico tardío con resabios políticos excluyentes muy útil para la construcción de nuevos espacios de poder. En este archipiélago atlántico, y también en el entorno del estado español, en un tiempo y un lugar en que se estaba definiendo el sistema cuasi federal de las autonomías que ha caracterizado a este pais durante las últimas décadas.
Pero la cuestión principal para nosotros, aquellos que comenzábamos una carrera profesional en Canarias a comienzos de los años 80, era determinar en que consistía aquello de la arquitectura archipiélagica de la casa canaria. ¿Cuales eran los elementos con los que se componía ese concepto de lo canario en arquitectura que se nos presentaba como una abstracción formal y constructiva indeterminada pero irrefutable en la mente de nuestros interlocutores?

La influencia mudejar en la arquitectura tradicional de Canarias. Despiece del artesonado de madera de la ermita de San Sebastián en Santa Cruz de Tenerife. Dibujo cortesía de Cristo Caballero.

Para esta representación demandada, algunos recurrían al ejemplo de la arquitectura popular de raíces campesinas, a la que se asociaban por doquier las referencias etnográficas a los modos de vida tradicionales ligados a una agricultura de subsistencia. Otros señalaban algunos elementos explícitos, morfológicos y constructivos, como fundamentos espaciales de una supuesta expresión canaria, galerías y balcones abiertos al paisaje. Casi siempre se señalaban las carpinterías de madera, las tejas y los muros de piedra enfoscados a la cal como los modos constructivos característicos de esta condición. Algo que los historiadores canarios definían como una herencia derivada inicialmente de lo mudéjar y transmutada en algo peculiar durante generaciones a lo largo de sucesivos baños estilísticos y formales venidos de la Europa continental. Una expresión cultural que estaría ligada a un pasado andalusí más remoto y su posterior filtrado desde el suroeste de la península ibérica y Portugal.

Una calle de la ciudad de Trinidad en la isla de Cuba

Valorada con objetividad, la arquitectura popular y culta desarrollada en Canarias forma parte de un longevo proceso colectivo, integrado en la expansión de la civilización europea hacia el Atlántico, con su posterior ramificación por el Caribe y América del Sur. Ejemplos construidos similares a la arquitectura popular canaria los podemos detectar, con pequeñas y casi imperceptibles diferencias, tanto en la arquitectura del sur de Andalucía, el Alentejo, y Madeira, como en Cuba, Santo Domingo, Colombia e, incluso, Perú. Una base endeble para el afianzamiento de una cultura nacional cuando el elemento más característico es precisamente su fuerte internacionalismo. Quizás este carácter de crisol de experiencias relacionadas con una zona del mundo sea efectivamente, su valor. Algo que no debería servir de soporte a un planteamiento identitario caduco, cuya única razón es una política maniquea, aquella de ellos y nosotros.
Sin embargo el resultado de esa etiqueta, la arquitectura canaria a la que se referían mis contemporáneos, en las últimas décadas del siglo XX, se caracterizaba por una baja calidad estilística, una mezcla de pastiche formal y sistemas constructivos modernos basados en el cemento. Un inventado escenario de lo cotidiano que reflejaba una nostalgia por un pasado idealizado. Por todos lados, se presentaban como ejemplos de correcta “arquitectura canaria” edificios contemporáneos, de volúmenes prismáticos sencillos de una blancura inmaculada, con tejados a cuatro aguas y carpinterías de madera que remedaban los diseños característicos de un neoclasicismo local de cortas miras. En el imaginario popular, el balcón canario era el elemento arquitectónico que mejor expresaba este anhelo por una arquitectura enraizada con la tierra. Su traslación constante a la arquitectura turística fue la culminación de un pensamiento artístico muy mal entendido, reflejo de un déficit cultural muy importante. En los espacios turísticos de las islas se aprovecho esta pulsión formal para consolidar una especie de disneylandia del folklore local.

Casa cuartel de Colmenar, isla de Gran Canaria. Foto: Marianne Perdomo, Flickr

Andando el tiempo pude acceder a las fuentes ideológicas en las que se había basado todo aquello, que se remontaban al peculiar esfuerzo de investigación sobre nuestro pasado como colectivo social, realizado esencialmente por personajes amateurs hacía ya casi un siglo. Esforzados etnógrafos que, probablemente, tomarían esa tarea como un hobby, todo lo serio que se quiera pero muy débil en argumentos sólidos, con el que contribuir a dignificar culturalmente a una región insular como la nuestra. En su base estaban aquellas aproximaciones etnográficas de raíz romántica que se habían extendido por Europa a finales del siglo XIX.
Lo curioso es que toda esta parafernalia de elementos formales ignoraba verdaderamente las raíces sociales y económicas de aquella cultura campesina ennoblecida, perteneciente a un remoto pasado arcádico. Una vida insular idealizada como reflejo de una supuesta buena relación con el medio y una alta autenticidad personal. Sin embargo, se ocultaba una realidad de centurias pasadas en las que existió el hambre, fuertes penurias y una incultura popular muy alta. Suponía también una insconciencia notable y deliberada sobre la increíble transformación económica experimentada por estas islas en la segunda mitad del siglo XX, el paso de una estructura agraria de subsistencia a una economía de servicios basada principalmente en un pujante sector turístico y comercial.
Lo que se imponía como el canon de lo canario, era en realidad una tergiversación inconsecuente de algunos elementos estilísticos extraídos de aquella arquitectura popular y que se emplearían masivamente en la decoración exterior de las edificaciones e instalaciones turísticas. La recreación de un escenario idílico que enmascaraba unas apetencias especulativas desaforadas y una arquitectura de bajísima calidad formal y constructiva.
En contraposición a ello pensé que un camino alternativo para una integración entre esta demanda expresiva, potentemente asumida por las elites locales en sus aspiraciones representativas, y la realización de una arquitectura residencial renovada debía de volver a analizar realmente los orígenes de aquella arquitectura popular.
Con los años, tuve ocasión de visitar en profundidad las islas Canarias orientales y ver in situ los restos de la arquitectura popular existentes en Lanzarote y, sobre todo, en Fuerteventura. Recorrer los núcleos urbanos fundacionales en los que se asentaron aquellos normandos que llegaron a estas islas a comienzos del siglo XV, desde la Rochelle en la costa atlántica de Francia. Y más tarde, todo el aluvión de castellanos, portugueses, genoveses, etc. que, con sus bagajes culturales respectivos, han tenido una influencia decisiva en la formalización de la historia de la arquitectura realizada en Canarias.
En Fuerteventura, en los años 80, aun permanecían los restos de aquellas arquitecturas campesinas de una altísima austeridad constructiva. Por no tener, no tenían ni madera para las cubiertas y carpinterías. Un material que tenía que importarse desde otras islas. Las escuetas casas de Betancuria, Antigua y el valle de Santa Inés, con sus muros de argamasa, piedra del sitio y techumbres de paja soportadas con troncos de palmera, ejemplificarían para mí una primera manera de hacer arquitectura aquí en Canarias. Unos recursos escasísimos que dictaminarían una arquitectura altamente pobre y austera. La simplicidad era un corolario necesario que se reflejaba en unos arquetipos de volumetría prismática de pequeño tamaño bajo cubiertas a dos aguas.

Pequeña vivienda tradicional en Valle de Santa Inés, isla de Fuerteventura

En la isla occidental de La Gomera, siguiendo los caminos de la colonización del archipiélago, se podía rastrear la evolución posterior de esa arquitectura popular que tanto caracteriza al paisaje canario, ya con una disponibilidad de una mayor variedad material; algo que se debe a la presencia de importantes masas boscosas, piedras basálticas más duras y arcillas ricas en hierro. Los tipos edificatorios siguieron conservando aquel carácter primigenio y arquetípico, pequeños paralelepípedos rectangulares que se distinguen de los de Fuerteventura porque empiezan a combinarse y agregarse formando ya elementos ligeramente más complejos. La influencia cultural del estilo mudéjar árabe del sur peninsular establece una impronta formal que se refleja en el mimo con que se ejecutan las tracerías de algunas cubiertas de madera y sobre todo en la carpintería de puertas y ventanas. En estas épocas remotas de los siglos XVI y XVII empiezan a realizarse ya esos balcones canarios tan ensalzados que tienen parientes en lugares tan remotos como el Cairo y Bagdad.

Paisaje urbano en Agulo, Isla de La Gomera. Finales del siglo XIX

La aparición en las islas de los núcleos poblacionales más densamente organizados, algunos puertos de mar, como Las Palmas, Santa Cruz de la Palma, San Sebastián y Garachico y otros interiores, como Betancuria y La Laguna, define una nueva forma de hacer la ciudad y las arquitecturas asociadas. Se produce una arquitectura más urbana, rica y compleja en sus formas y tipologías de ordenación espacial. Toda esa manera de hacer la arquitectura tradicional fue exportándose paulatinamente hacia América Latina con las sucesivas oleadas de emigración obligatoria, que tantos y tantos canarios tuvieron que asumir partiendo hacia el nuevo mundo y formando parte de tripulaciones y contingentes de colonización.
Lo más interesante de todo ello, era la forma en que las arquitecturas populares y cultas habían ido construyendo un cuerpo de modelos organizativos y espaciales urbanos de crecimiento en base al incremento de las necesidades familiares. Los espacios de la arquitectura tradicional desarrollada en Canarias presentan una riquísima casuística de ejemplos de adaptación al medio, tanto al paisaje rústico como a las ordenaciones urbanas. Esto tuve ocasión de comprobarlo cuando hicimos a mediados de los años 90, los trabajos de ordenación y protección del casco histórico de la pequeña ciudad de Garachico en la isla de Tenerife. Allí pude establecer sobre la base de ejemplos existentes un árbol de tipologías urbanas, constituido por las innumerables variantes organizativas de las plantas de las casas tradicionales. Algo que se repite en otras ciudades del archipiélago y, curiosamente, en las soluciones adoptadas en algunas fundaciones del Caribe.

Colección de tipos tradicionales existentes en la ciudad de Garachico. Gráfico del autor. 1996

Toda una vasta experiencia de organización del espacio que constituye un precedente muy interesante de adaptación al medio geográfico local. Un conjunto de ejemplos y formalizaciones espaciales que constituyen un repertorio espacial, fruto de una experiencia de siglos, caracterizado por un enraizamiento al lugar y una buena respuesta al clima, al paisaje y a la disponibilidad local de materiales. En suma, ideas y bases para una arquitectura realmente sostenible y poco consumidora de recursos externos que poco tiene que ver con formalismos y remedos de estilo.--->