sábado, 25 de octubre de 2008

UNA ECOLOGÍA HUMANISTA



















Ed. Aubanel. Geneve, 2006








El paisajista francés Gilles Clement es un personaje curioso que lleva décadas aportando e innovando un pensamiento heterodoxo sobre la relación del hombre con el medio. Desde su posición pedagógica en la Ecole Nationale Supérieure de Paysage de Versailles dirige anualmente cursos magistrales orientados a una deliberación dedicada al entendimiento de las grandes cuestiones territoriales que afectan a nuestro mundo. Su concepción de la jardinería va más allá del reducido recinto de los espacios verdes urbanos y sugiere una relación más armónica, anárquica y sosegada, con las otras formas vivas que nos acompañan en nuestro universo cotidiano frente a la voluntad de control exhaustivo del espacio, surgida del racionalismo.

Cuando se leen sus breves textos reunidos en una nutrida colección de libros publicados se observa una inmensa voluntad pedagógica que pretende explicar unas ideas alternativas a la convención ecológica al uso. En la observación de sus acciones y argumentos viene a la memoria aquel curioso personaje de
Being there, la novela de Jerzy Kosinsky que fue llevada a la pantalla en 1979 por Hal Ashby, contando con el inefable Peter Sellers como actor principal. Su protagonista, que se presentaba como Chance Gardener, era un deficiente mental cuya vida entera había transcurrido confinada y dedicada a la mejor evolución y cuidado del jardín de su rico patrono en la ciudad de Washington. Cuando éste muere y, en consecuencia, este hecho le lleva a perder su empleo de repente, el limitado mundo de Chance desaparece y tiene que abandonar su amado jardín para adentrarse en la peligrosa selva de la ciudad contemporánea. Mr Chance, provisto exclusivamente de su limitada filosofía paisana, debe enfrentarse con un mundo disparatado de mil desordenes y agresiones constantes. Su relación con el resto de la humanidad que circula a su alrededor no puede ser más surreal. Al principio lo toman por loco o estúpido al escuchar su convencional alegato fundado exclusivamente en la interpretación de las nubes y el bienestar de las plantas; pero al final su primitiva filosofía le lleva a convertirse en asesor del máximo dirigente de los Estados Unidos. Una curiosa parábola que permite lecturas muy ricas sobre el devenir contemporáneo y que recomiendo para entender algunas cuestiones de nuestra realidad actual.

El jardinero Chance en su cerrado universo particular

Gilles Clement podría ser una especie de Mr. Chance evolucionado e inteligente que también ha dedicado gran parte de su vida a tratar de entender cual es la mejor actitud frente a los fenómenos ambientales y, en especial, respecto a los organismos vivos que pueblan este pequeño recinto en que se ha convertido el planeta. Dice Clement al respecto: La evolución es una teoría de las interacciones. La selección natural transforma los encuentros fortuitos en relación. El jardinero parece ser un intermediario en la intersección de los encuentros imprevistos.

Con un discurso generalmente muy escueto, Clement ha aportado tres ideas básicas para superar una visión simplista de la ecología como defensa a ultranza de lo biológico existente. El Jardín en Movimiento, el Jardín Planetario y el Tercer Paisaje son esas tres nociones. Para entender estos conceptos hay que primero escucharle antes en su definición sobre lo que entiende por jardín, jardinero y paisaje.
Según Clement, el jardín combina el trabajo del hombre con la inventiva del resto de la naturaleza; se presenta como el escenario de las relaciones entre los seres humanos y el resto del universo, gestionado generalmente por la intuición y el genio de sus jardineros. La explicación del concepto jardín tiene que ver para Clement con el lugar donde se acumula y preserva lo mejor; donde se gestionan adecuadamente los bienes elegidos del patrimonio natural. En el jardín todo está ordenado, todo se conoce y tiene nombre.
Los campesinos podrían conceptuarse como los antecesores del jardinero contemporáneo, ya más asumido como paisano. Es decir, aquel perteneciente aun paisaje concreto. Los jardineros pretenderían para el autor ordenar un territorio salvaje sometido a la acción caótica de las especies animales y los vegetales y ejercer un cierto control en beneficio propio y del conjunto. En nuestros días la mezcla masiva de las especies existentes, su vagabundeo universal, es un hecho irreversible apoyado por el desplazamiento acelerado de los animales y, especialmente, del hombre. Por ello, para este pensador la labor del jardinero debe reducirse a situarse en medio de este encuentro espontáneo que se produce en el mundo biológico, intentando reducir los efectos nocivos y ayudando a la implantación de lo positivo. En sus palabras: Hacer lo menos en contra y lo más a favor. Solo lo viviente, capaz de invención, transforma los estados instantáneos de los individuos o del paisaje existente en otros, en espacios nuevos.

Versión del Jardin en mouvement. Parc Lazenay en Bourges. Foto: Jordi Chueca, Flcikr


Según Clement, los jardineros conductores deben observar más las dinámicas en curso y ejecutar menos. Este planteamiento Clement lo sitúo en su radicalidad cuando en 1977 compró una pequeña propiedad en el valle de la Creuse, en la región de Limousin al Este de Francia, para experimentar directamente sus ideas. Allí surge el concepto del Jardín en Movimiento, en el curso de los años y de la observación cuidadosa. Clement intenta su disociación de las aproximaciones estéticas al paisaje y pretende seguir el ejemplo y la sabiduría del jardinero: observar el desarrollo de las plantas, el discurrir de los animales, el movimiento del sol y la acción del viento y los otros meteoros.
La propuesta de Clement es revolucionaria, dejar hacer a los elementos, observar y efectuar ligeras acciones correctoras. Dejar espacio a la vida para que libremente se pueda instalar en el lugar y las especies desarrollarse libremente. En este contexto, el jardinero solo actúa para mejorar las expectativas del conjunto sin alterar la riqueza de las relaciones ya presentes, manteniendo la calidad biológica de los sustratos, orientando el agua, limitando a lo mínimo imprescindible la acción de las herramientas, etc. Con ello y el desplazamiento anárquico, creativo, de las especies se estaría en presencia del Jardín en Movimiento.
En cierto sentido, Clement propugna un grado negativo de acción sobre el territorio, algo parecido a lo que el arquitecto japonés Kengo Kuma define como arquitectura del borrado en relación al espacio construido.
Un segundo concepto de interés es el que se refiere al Jardín Planetario: La consideración de la totalidad del planeta como un universo finito, cerrado, en el cual se desenvuelven las especies vegetales y animales bajo la fuerte acción del hombre. Según él habría que actuar en este espacio constreñido como los jardineros medievales que limitaban su acción a la recolección y preservación del patrimonio natural dentro de entornos definidos. Así como las plantas y los animales se distribuían por el mundo según sus capacidades vitales dentro de las zonas climáticas en que se encuentra dividido el planeta, esta riqueza se halla actualmente amenazada gravemente por la mezcla incesante de los elementos en juego, fundamentalmente por la acción de la actividad humana en un proceso destructivo en clara aceleración y expansión.
A partir de estas consideraciones, Gilles Clement contribuye a organizar en 1999 en el Grand Halle de la Villete de París una exposición consagrada al
Jardín Planetario, que tuvo un profundo eco en el mundo francófono. Dividida en tres partes, un primer tramo mostraba la diversidad, tanto de las especies biológicas como de las que corresponden a las culturas humanas; diversidad mantenida fundamentalmente por el aislamiento primitivo. En un segundo plano se presentaba la época de las migraciones de las especies naturales, sobre todo la que ha realizado la humanidad. Este proceso ha tenido como consecuencia una creciente mezcla de los elementos biológicos y, especialmente la interacción y el ensamblaje de los individuos generando nuevas variedades imprevistas. En la tercera parte, se mostraban los esfuerzos más notables para orientar positivamente este fenómeno, que estaban teniendo lugar en diferentes partes del mundo. Entre ellas, se exponían las propuestas de Curitiba, el desarrollo de una aproximación alternativa a la agricultura alrededor del concepto de permacultura, acciones para la limpieza de terrenos polucionados, etc.

Uno de los espacios del Parc André Citroën de París, diseñado por Gilles Clement junto a Allain Provost


Esta exposición del Jardín Planetario recogía la propuesta de Clement del jardín como modelo de gestión del mundo. Con motivo de este evento decía: Si la resolución de los problemas ambientales se realiza siempre localmente, precisamente dentro de la economía del lugar, con su ecología específica, la visión siempre será global. Para abordar una reconfiguración de la destrucción en curso, la producción y consumo in situ de la energía y el agua se convierten en cuestiones cruciales. Ello llevará a una economía y a una gestión apropiada del habitar, de la ciudad y sus habitantes en la que el corazón deberá ser necesariamente un jardín.
La noción del Tercer Paisaje surge para Clement de la identificación de unos espacios singulares que han sido abandonados a su suerte por el hombre al ser ámbitos inaprovechables, tanto desde el punto de vista de la urbanización como de la agricultura. El Tercer Paisaje tampoco tiene que ver con el espacio natural valorado y protegido legalmente. Incluiría simplemente lugares extraños como los barbechos, los pantanos, los bordes abandonados y todos aquellos espacios que no interesan realmente al funcionamiento del sistema territorial tal como ha sido concebido hasta ahora.

Ejemplo de Tiers paysage rodeado por un mar de caña de azucar. Isla Mauricio. Foto: Une ecologie humaniste


De acuerdo a lo anterior, la gestión del territorio se dividiría entre tres tipos de jardineros del terreno: el explotador agrícola, el constructor urbano y un tercer actor menos identificable, la propia naturaleza en libertad.
Por ello, Clement le concede al Tercer Paisaje un valor incalculable como depósito de la riqueza biológica, una reserva genética para una posible reconstrucción futura del planeta. Son estos lugares de indecisión, donde se puede producir el intercambio libre de las especies y su evolución, los que conviene gestionar para que su ámbito de influencia pueda extenderse, así como también lograr establecer una interrelación para que sus condiciones reviertan de una manera más amplia en la viabilidad futura del conjunto del territorio habitado.
En definitiva, una visión superadora de la concepción ecológica al uso en la que las especies vegetales y animales tendrían una importancia por encima de la humanidad. Para Clement en su visión humanista, la esperanza futura de la vida sobre la tierra no se podría separar del destino de los hombres, especie biológica entrelazada indefectiblemente con sus pares naturales y con su destino común. Es una lástima que tanto éste como otros múltiples textos del autor no se hayan traducido todavía al idioma castellano con la profusión que se merecen.

El paisajista Clement en su jardín de la Valleé

viernes, 17 de octubre de 2008

INTERACTUAR CON EL PAISAJE

María en el huerto cerrado. Maestro del Paraiso. 1430. Stadelches Kunstinstitut, Frankfut am Main

La creciente proliferación en los países avanzados de documentos legales para la protección del paisaje, como el Convenio Europeo del Paisaje que ha sido ratificado recientemente por España, reflejan una preocupación por la acelerada destrucción del entorno que ha acompañado los inicios del siglo XXI. Toda una parafernalia de planes, leyes y textos diversos han surgido para intentar una mejor salvaguarda de un bien impreciso que no llega a definirse de una manera clara. En este contexto, el paisaje depende de la interpretación conceptual que intenta imponerse desde diversas perspectivas disciplinares con resultados inciertos.

Según la interpretación del historiador italiano Giulio Carlo Argan,

El paisaje, la belleza de la naturaleza, es en realidad un producto de la inteligencia humana, del pensamiento del hombre y del trabajo de los individuos que ha llevado centurias desarrollar. Es un libro infinito, un palimpsesto que recuerda la historia de milenios.
El aspecto estético del paisaje es el resultado y no la precondición o causa de una buena política, una buena economía y una buena administración del ambiente. Si hoy en día el entorno parece hostil, destruido y destructivo es debido a una mala política y una mala economía que ha hecho que sea así.

Estas palabras pronunciadas por Argan ante el Senado italiano en 1985 como argumento para superar una concepción estrictamente estética del término. No obstante, se reconoce que tiene que ver un conocimiento subjetivo y parcial de las cosas: una visión peculiar del territorio que puede ser muy específicamente europea. Es en este continente donde la civilización ha ido conformando un espacio altamente humanizado y en el que naturaleza y cultura se funden en una infinita serie de acciones superpuestas.
La concepción global del territorio como el hábitat lógico de la humanidad ha partido de la concepción de la ciudad como un espacio controlado alternativo al entorno salvaje. La sede del hombre pasó de ser un punto en el bosque inhóspito a su transformación en residencia y campo cultivado; posteriormente ese entorno modificado se percibe y pasa a ser paisaje al que se aspira a retornar como fuente de la vida para habitarlo como ciudad continua sin límites. En otros continentes, como en las Américas, este proceso se ha experimentado de una manera mucho más acelerada y virulenta. Por ello el paisaje americano se experimenta de otra manera. Allí lo natural se observa con reverencia y admiración. En Europa, la mirada se vuelve más crítica.

Credle, Colorado. Andreas Feiniger, 1942. Foto: Library of the Congress

El concepto del paisaje como tal debe considerarse una forma de percepción cultural de un territorio determinado. El territorio varía constantemente a partir de la utilización individual y colectiva que del mismo hacemos de una manera paulatina. Su disfrute o rechazo depende de los instrumentos que utilicemos y de los medios perceptivos de los que disponemos. No es lo mismo observar la ciudad cuando la recorremos a pie que disfrutar del territorio con la vista desde un avión.

¿Como se puede proteger algo tan inasible y variable?

El paisaje es el resumen de la relación histórica mantenida por nuestros predecesores con el medio físico en que nos desenvolvemos. Es una consecuencia de la acción humana sobre la geografía y sobre la biología que alberga. Hoy depende del grado de desarrollo cultural y la consciencia que tengamos sobre la enorme capacidad de que disponemos para transformarlo.
En el pasado esto no era así. Si buceamos en la historia y analizamos la disposición de los jardines en la Edad Media, la concepción del paisaje era completamente opuesta a la que podamos tener hoy. El jardín medieval, el hortus conclusus, era un patio separado por una tapia de un entorno muy peligroso que albergaba fieras y todo tipo de amenazas; un lugar en el que la humanidad se recluía para disfrutar placidamente de algunos árboles y flores escogidas con primor; un espacio que daba sustento espiritual y material frente a las incertidumbres del mundo. En la etimología de la palabra jardín, que procede del alemán garten, se encuentra la referencia al claustro: un lugar de acumulación de lo mejor, mejores frutos, flores, legumbres y una mejor forma de vivir.
El paisaje se apoya en un sustrato geográfico que depende de la geología, de la forma en que se han formado sus suelos, la topografía y la relación con el agua y el clima. La vegetación y la fauna han evolucionado teniendo en cuenta obligatoriamente estas condiciones de partida y ello ha generado una gran variedad de especies y biomas.
Topographic landscape. Maya Lin, 2006. Foto:LorenaCupcake, Flickr

Pero la forma del paisaje obedece también a las maneras concretas en que el hombre se relaciona con el medio. Es una expresión de su cultura material específica y del grado de sensibilidad alcanzado en la valoración del hábitat habitual, del entorno próximo. Eso nos lleva a reconocer una variabilidad muy grande en las formas del paisaje en el mundo; variedad que acaba interactuando con la cultura de los pueblos para definir especificidades muy peculiares.
Por ello, es tan difícil proteger el paisaje. Porque su valoración contemporánea parte de su reconocimiento estético, pero esto es como la espuma del fenómeno que, según señalaba Argan, fundamentalmente es una cuestión económica y, finalmente, política. Hoy el paisaje se ha convertido en solo un recurso más concebido para su mera apropiación económica y la política ha amparado esta visión simplificadora olvidando las consecuencias estéticas negativas, y si me apuran espirituales, que tanto perturban a los que lo observamos en nuestros días. En el entorno de la cultura occidental estos hechos se han producido con especial virulencia y la violencia de la destrucción de nuestro entorno cotidiano se aprecia especialmente en el paisaje urbano.
El paisaje es por tanto, un concepto de una gran subjetividad que requiere ser identificado. Para que un lugar u objeto adquiera valor primero tiene que ser designado, señalado. La representación de los objetos es la tarea previa para la puesta en valor de determinadas cuestiones en el marco de la cultura.
El primer paso en esta dirección tiene que ser de la identificación de los valores que queremos destacar y ahí nos han precedido los artistas. El arte es el instrumento básico para identificar la belleza de las maravillas que nos rodean. La percepción del paisaje como valor cultural ha sido siempre una tarea de artistas, escritores, pintores y más recientemente, fotógrafos y cineastas. Ellos han descrito de una manera comprensible para los demás los elementos importantes que componen el paisaje que nos rodea, iniciando así su inventario. Posteriormente, antropólogos, historiadores, geógrafos y otros especialistas han seguido completando la tarea, recopilando, inventariando y clasificando. Pero nosotros los arquitectos también somos a veces notarios y partícipes en este proceso debido al carácter transversal, holístico de nuestra disciplina.

Las Palmas de Gran Canaria. Foto: Carlos Schwartz, 2007


Pero en definitiva, ¿De que hablamos cuando queremos proteger el paisaje?


Yo creo que es una cuestión relacionada con la ordenación territorial y el manejo de un mundo que cada vez está más completo. El espacio físico que nos ha tocado vivir es un ámbito reducido que se rebosa por momentos. Ya no se puede concebir la naturaleza como un lugar externo que se extiende hasta el infinito y una fuente inagotable de recursos y materias primas. Actualmente, asistimos a innumerables desmanes que afectan al territorio. El paisaje del que disfrutaron nuestros abuelos ha sido transformado y desfigurado brutalmente debido a un aprovechamiento y depredación salvaje de los recursos heredados. La dictadura de una concepción económica liberal o del desenfreno individual ha ocasionado ya una destrucción sin parangón en la historia de la humanidad.


Beirut. Interrupted city. Foto Gabriele Basilico


Por ello su correcta administración es una tarea esencial y para ello lo primero que hay que hacer es un cambio radical en las mentalidades. A medida que transcurre el tiempo y la historia humana se acelera, cada vez es menos posible seguir apropiándonos individualmente sin control de la materia prima que forma nuestro mundo. El paisaje debe gestionarse colectivamente en nuestros días. Es a partir de la constatación de este hecho cuando se puede emprender la tarea de su protección.
En un mundo lleno de personas, la protección de los restos inventariados del paisaje cultural heredado que no han sido deformados, se debe culminar. Pero además se debe emprender una tarea complementaria que es la de una posible rehabilitación de aquello destruido allí donde sea posible.
Un trabajo sumamente complejo y respecto al que estamos actualmente improvisando las herramientas para llevarlo a cabo. En el último siglo y medio se ha trabajado mucho en el discernimiento de cuales deben ser las pautas correctas para la restauración y rehabilitación de la arquitectura. Se han generado amplios debates y extensas polémicas que nacieron en los países que cuentan con un patrimonio cultural más rico y variado. Italia y Francia por ejemplo. La rehabilitación del patrimonio paisajístico es una cuestión absolutamente novedosa sobre la que estamos en los umbrales de su planteamiento y sobre la que no contamos con elementos de juicio razonables todavía.

Reforma del Paseo de Colón. Puerto de la Cruz, 2003. Federico García Barba, arquitecto en colaboración con Cristina González Vázquez y Ángel García Palmas

Hoy en día, después de atravesar un período de intensa degradación paisajística, se requieren otro tipo de herramientas mas activas y la disciplina del paisajismo ofrece mejores recursos para ello. Una aproximación que supone una intervención positiva en el paisaje como la que se realiza desde la jardinería y el paisajismo, es una necesidad y a la vez supone un peligro. En este caso, se actúa también desde la subjetividad y desde el talento del arte que puede fallar o atinar. No obstante, hay que actuar con valentía en la esperanza del acierto en la rehabilitación y mejora de los lugares que conforman el paisaje heredado.
Las islas, por sus peculiaridades espaciales, ofrecen la posibilidad de experimentar de una manera muy directa estas cuestiones, relacionadas con la transformación positiva del entorno. Convendría trabajar intensamente en estos espacios finitos para definir el alcance de la protección del paisaje sin contradecir excesivamente las enormes transformaciones en curso.
Una de las aportaciones que considero más interesantes que he leído últimamente sobre estas cuestiones es la que ha establecido el trabajo del paisajista francés Gilles Clement en su trabajo, Une ecologie humaniste, resumen de 25 años de pensamiento y enseñanza sobre esta joven disciplina del paisajismo.

En palabras de Clement, la vida avanza según un caos poético que se ofrece a aquellos que no quieren cerrar los ojos.

sábado, 11 de octubre de 2008

LA ARQUITECTURA Y LA EXPO DE ZARAGOZA

Con motivo de la Expo del Agua celebrada en el verano de 2008, un conjunto de piezas de arquitectura e ingeniería se han añadido a la ciudad de Zaragoza. Un balance somero señalaría el predominio de la mediocridad junto a algunas intervenciones brillantes que aportan nuevos hitos al paisaje de la capital de Aragón.
La pasarela del Voluntariado de Javier Manterola. El "pincho", nuevo hito paisajístico de Zaragoza

Llegar a la principal urbe aragonesa en el nuevo tren de alta velocidad, el AVE que une Madrid con Barcelona, es todo un acontecimiento. Esta infraestructura de transporte ha reforzado ampliamente la posición de la ciudad en el mapa de la península ibérica. La nueva estación de Delicias es un magnífico hito urbano diseñado con buen criterio para desempeñar un papel monumental en la imagen urbana global. Su funcionalidad y su inserción en el entorno concreto se apoyan en una arquitectura apropiada. En definitiva, un edificio con una gran personalidad que aporta urbanidad y cuyo perfil identifica el nuevo desarrollo de la ciudad hacia el Oeste. Su amplío espacio de recepción de trenes es todo un espectáculo visual, ejecutado con una alta calidad espacial como corresponde al gran arquitecto que lo ha proyectado, Carlos Ferrater.
La obra de Ferrater, prevista y realizada con anterioridad a la Expo del Agua de Zaragoza 2008, ha constituido una buena anticipación de lo que debiera haber sido posible en este acontecimiento internacional respecto a la producción de buena arquitectura y una correcta adición de nueva ciudad.

Perspectiva superior de uno de los vestíbulos del Hotel Iberus
He tenido la oportunidad de quedarme en el interesante hotel Iberus, situado casi dentro del propio recinto de la Expo. Un trabajo de Elías Torres y José Antonio Martínez la Peña que contiene sugestivas ideas arquitectónicas pero que ha sido construido de una manera chapucera. Su gran ala de habitaciones se ha planteado con una orientación paralela al río Ebro, lo que permite a sus habitaciones disfrutar de unas espectaculares vistas panorámicas sobre los nuevos puentes realizados junto al meandro de Ranillas.
Los espacios comunes de recepción y vestíbulos sucesivos a triple altura definen visuales muy atractivas, lo que junto a un exquisito uso del color otorga a sus interiores de una alta calidad espacial. Todo ello se complementa con el recurso en el interiorismo a piezas de mobiliario del maestro danés, Jacobsen, lo cual es una garantía de sobriedad. Lástima que una ejecución constructiva muy mala haga que desmerezca el esfuerzo proyectual realizado.

Ordenación urbana particular del recinto de la Expo de Zaragoza ocupando el meandro de Ranillas


Paseando por la Expo de Zaragoza, más allá de sus arquitecturas concretas, no se puede sentir sino decepción ante unas expectativas culturales no satisfechas, colonizadas totalmente por una idea del entretenimiento mal entendida y con escasez de recursos narrativos realmente válidos. El vacío intelectual ha presidido la práctica totalidad de los pabellones construidos y además muchos de los recorridos expositivos apenas han ofrecido un dialogo inteligente a sus visitantes. Los discursos sobre el gravísimo problema que supone actualmente la administración del agua en el mundo se han caracterizado por una simpleza enmascarada bajo toda una parafernalia de pantallas, diseño de señalética junto a una explosión innecesaria de colores y signos que no han pretendido comunicar prácticamente nada. La ausencia de información coherente ha sido patética, teniendo en cuenta la grandilocuencia de los objetivos, aquellos por los que se pretendía una reflexión sobre la necesidad de una mejor gestión de un recurso esencial.
Todo ello acompañado por monumentos autistas como la llamada Torre del Agua del arquitecto Enrique de Teresa, que constituyen un despilfarro constructivo evidente. Pasear por sus rampas interiores observando la enorme escultura en forma de inmensa gota de agua que ocupa su gigantesco atrio interior lleva al espectador a interrogarse sobre cual es el sentido de este gran edificio que recurre a sistemas constructivos de una supuesta última tecnología y que obliga a recorrer una espiral descendente que se antoja infinita al visitante. Sin respuesta, en mi caso.
Quizás sus promotores hayan tomado como referencia el ejemplo de la torre Eiffel realizada con motivo de otra Exposición Universal, la de París de 1889. Un emblema urbano que hoy constituye un hito identificador de la ciudad a nivel mundial enclavado en uno de los espacios más significados de esa ciudad, el Champ de Mars. Es dudoso que ocurra una historia similar con la enfática Torre del Agua.

Vista desde el acceso al pabellón de la Comunidad Autónoma de Aragón


El pabellón de Aragón, de los arquitectos locales Daniel Olano y Alberto Mendo, parte de una idea recurrente en otros experimentos arquitectónicos recientes: la disposición de amplios espacios diáfanos horizontales superpuestos y puntuados en su isotropía por pozos de luz interiores en las que se concentra la armazón estructural. Es curiosa la concepción de su envolvente a la manera de tejido de cestería, generando una imagen y personalidad muy particular.
Los puentes realizados con motivo de este acontecimiento son quizás una buena aportación territorial de la Expo de Zaragoza. La Pasarela del Voluntariado, o el Pincho como la han bautizado los zaragozanos, es un magnífico trabajo de ingeniería del equipo encabezado por Javier Manterola. Se despliega con elegancia en un simple trazo arqueado sobre el Ebro, comunicando peatonalmente la entrada Oeste del recinto de la Expo con la orilla sur del río en las proximidades del centro de la ciudad.
El pabellón puente de la arquitecta iraquí Zaha Hadid, con el apoyo de la ingeniería británica Arup Associates, constituye un espectacular acceso desde el nuevo barrio de Delicias. Es todo un acontecimiento atravesar sus intrincados espacios interiores que desarrollan una interesante idea estructural de celosía metálica inspirada en la forma de un narciso y recubierta de escamas metálicas que dotan al edificio con una imagen muy característica. En mi opinión, sin embargo, lo considero un gesto brillante pero excesivo que tapona innecesariamente el paisaje característico del río en este punto.


El pabellón de España en su emplazamiento


Pero sin duda, el mejor edificio de la Expo es el pabellón de España de Patxi Mangado. Una lírica interpretación de un bosque enclavado sobre una lámina de agua. La especie de manglar constructivo del arquitecto navarro, ofrece desde su enigmática silueta, una referencia clara de mesura frente a la multitud de gestos vociferantes de las arquitecturas a su alrededor. El recurso a una geometría de ángulos y contornos precisos contrasta poderosamente frente a un universo de babas y burbujas que han pretendido rememorar de una manera simplista el tema acuoso general.
Los espacios interiores del pabellón de España ofrecían un sobrio relax visual tamizado por el bosque columnar de sus perímetros. El recurso a colores oscuros y unas contundentes carpinterías de madera de roble, junto a pavimentos del mismo material, otorgan una cualidad estética a este edificio que sobresale frente al conjunto de sus vecinos.


Plantas del pabellón de España

Las Exposiciones Internacionales presentan un handicap en origen, consistente en la premura de su ejecución física. Crear una pieza completa de ciudad sin una idea global de coherencia urbana apropiada es un lastre muy difícil de superar por las arquitecturas concretas, como ya señalaba en la entrada anterior. Si además, se plantean como un campo en el que se prima la experimentación arquitectónica es muy difícil conseguir un entorno favorable a la vida urbana posterior. Un fenómeno que acompaña a numerosas muestras de este tipo como ejemplifica el devenir de la Expo de Sevilla, paradigmático de un abandono a su suerte de un territorio que ha contado con inversiones multimillonarias.
Algo tendrá que ver en estos procesos de degradación, la burocratización de la arquitectura a partir de la fagocitación de los proyectos por toda una caterva de gestores y empresarios temporales, cuyos únicos objetivos son el cumplimiento estricto de plazos y el control presupuestario. Los que reciben la encomienda de sacar adelante acontecimientos de este tipo comenten el grave error de no están para sutilezas culturales que son las que realmente generan la calidad de lo que se quiere llevar a cabo.
Es sorprendente la ausencia de investigación destacable en la arquitectura realizada en la Expo de Zaragoza. Investigación relacionada con temas trascendentes para el futuro inmediato, tales como el ahorro energético, el manejo eficiente del agua, el reciclaje, etc. Varios objetivos en línea con las preocupaciones de mucha arquitectura sensible con la situación actual de la humanidad. En este caso, apenas se pueden señalar edificios confortables que hayan sopesado las condiciones climáticas, es decir que funcionen teniendo en cuenta el aprovechamiento pasivo del sol y el viento. El reciclaje de residuos sólidos y de aguas negras, junto a un aprovechamiento del agua de lluvia, podrían haber sido también otro motivo para la exploración de nuevas ideas arquitectónicas.
Igualmente, la utilización de materiales alternativos en la construcción futura podría haber sido otro campo de investigación interesante a incentivar: Estrategia que contemplara la valoración de los materiales desde el punto de vista de su aportación a la contaminación global, que procuren reducir su impacto y que no supongan una acumulación de procesos que generan un consumo energético innecesario, bien debido a un transporte excesivo o bien por la utilización de procesos industrializados altamente dependientes de calor o electricidad



El puente del Tercer Milenio. Comunicación básica de la Expo con la estación ferroviaria de Delicias



Incluso la exploración del carácter emblemático de la arquitectura destinada a la representación pública como monumentos urbanos pudo ser mucho más ambicioso en este caso, lastrado por una forma urbana deslabazada y chapucera que no contribuía a la aparición de un arquitectura representativa.
El entusiasmo de la población aragonesa para visitar la muestra contrasta con el comentario de los zaragozanos sobre la repercusión de la Expo en la ciudad. Indagando en sus opiniones sobre este evento se extraería una duda generalizada sobre las ventajas que ha obtenido esta capital de un esfuerzo colectivo de este calibre. Parecería que en Zaragoza, el verano de 2008 ha transcurrido velozmente pautado por una invasión de extraños, insensibles a su trajín cotidiano, y a la espera de la llegada de un otoño reparador de las costumbres habituales sencillas y apacibles.
El pabellón puente de Zaha Hadid y Ove Arup Ass.

sábado, 4 de octubre de 2008

LA EXPO DE ZARAGOZA. UN BALANCE PERSONAL

Este verano he tenido oportunidad de visitar la Expo del Agua en la ciudad de Zaragoza. Me ha permitido observar por primera vez un acontecimiento de este tipo y reflexionar sobre su significado y las posibles repercusiones en una ciudad concreta. Como visitante, hay dos cuestiones sobre las que me gustaría dar mi opinión personal: el urbanismo y la arquitectura.

Aspecto del acceso Norte al recinto de la Expo de Zaragoza


La Expo de Zaragoza se inscribe dentro de una ya larga trayectoria de acontecimientos urbanos que se plantean como una confluencia entre la cultura del entretenimiento masivo y la reorganización de las ciudades. La aportación de un motivo para el encuentro y la visita de gran cantidad de personas a un lugar específico es aprovechado para catalizar procesos de gestión urbanística con el apoyo de técnicas de mercadotecnia tematizada. Un desarrollo urbano singular que sin este tipo de estímulos sería muy difícil gestionar y llevar a cabo.
Por ello, las llamadas Exposiciones Universales se han convertido en una de las herramientas más socorridas para reforzar el posicionamiento de una ciudad específica en la competición global por un mayor reconocimiento mediático entre los espacios urbanizados avanzados. Una práctica que forma parte de una nueva variante de la publicidad, definida como branding urbano o city marketing; disciplina que trata de imponerse como técnica indispensable para una supuesta mejora de la economía de los territorios y la generación de un discutible enriquecimiento local.
Explicado con otras palabras, el city marketing es un mecanismo de apoyo que contribuye al intercambio desigual para atraer más recursos a sitios determinados a costa de su detracción de otras sociedades y colectivos menos avispados. Algo similar, en lo referente a esta táctica del branding de ciudades, representan las competiciones deportivas de todo tipo, especialmente los Juegos Olímpicos. También otros eventos de masas juegan un papel destacado en esta estrategia publicitaria orientada a la competición: es el caso de los conciertos masivos, los acontecimientos culturales, junto con toda una parafernalia de actividades menores que buscan ocupar el escaso espacio que ha quedado definido por los medios convencionales de comunicación de alcance planetario.
Las Exposiciones Internacionales son acontecimientos con una larga tradición que se inicia a mediados del siglo XIX en Londres con aquella Great Exhibition of the Works of Industry of all nations, auspiciada por el príncipe Alberto, consorte de la reina Victoria, que atrajo maravillas de todos los continentes y países de la Tierra y donde se construyó el renombrado edificio de acero y cristal, Crystal Palace, del jardinero Joseph Paxton que tanto inspiraría a la arquitectura durante el siglo XX. El magnífico parque Hyde, enorme espacio libre en el centro de esa ciudad y en el que se desarrolló ese acontecimiento, es una consecuencia imprevista de esa gran exposición y que, hoy en día, observamos con admiración como una de las señas de identidad más significativas de Londres. Durante la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX se seguirían produciendo numerosos acontecimientos de este tipo, la Columbus Fair de Chicago en 1896, la World Fair de Nueva York en 1936, etc. En España, los pioneros en estas actividades fueron los catalanes con su exposición de 1887 que dejó el parque de la Ciudadela como herencia a la ciudad de Barcelona hasta llegar a la Expo de Sevilla de 1992, el precedente inmediato en nuestro país del acontecimiento que se acaba de celebrar en Zaragoza
A pesar de toda su parafernalia de supuesto apoyo a la sostenibilidad, una supuesta reflexión sobre el agua como recurso escaso que se ha elegido como motivo inspirador en esta ocasión, etc., la Expo de Zaragoza lo que claramente ha promovido es un incremento forzado del atractivo hacia esa ciudad durante un lapso temporal determinado. Estrategia de sugestión que utiliza los mismos mecanismos y recursos que han codificado internacionalmente las empresas que trabajan orientadas al negocio de los parques temáticos o de atracciones. Este tipo de instalaciones generan ex novo un poderoso flujo de visitantes a partir de la acumulación de una serie de atracciones espectaculares, supuestamente innovadoras y ligadas al entretenimiento cultural. En definitiva, es una forma diferente de generar turismo de masas hacia lugares que no cuentan con muchos recursos reconocibles al respecto.

Interior del Pabellón Puente, obra de la arquitecta Zaha Hadid

De acuerdo a lo expuesto por Francisco Javier Monclús en su libro Exposiciones Internacionales y Urbanismo. El Proyecto Expo Zaragoza 2008, la ordenación territorial de esta nueva adición a la ciudad de Zaragoza se apoya en ideas elaboradas con mucha antelación por el planeamiento urbanístico. El Plan General de Ordenación Urbana de 1989 ya contenía una primera aproximación al espacio en el que iba a situarse el recinto de la Expo del Agua. Este planeamiento concebido en una etapa caracterizada por las dificultades para el desarrollo residencial y de las actividades económicas, se planteó con unos objetivos de restricción del crecimiento. Aun así ya definía un eje vertebrador de las posibles adiciones a la ciudad por el Oeste, la que bautizó como Ronda del Rabal que constituiría el último tramo del Tercer Cinturón Urbano de la ciudad enlazando los barrios de la Almozara y Actur a través del meandro de Ranillas. Este potente eje estructural constituiría junto a la ribera del río Ebro el elemento definidor del enclave donde se localizaría finalmente la Expo de Zaragoza. La revisión del Plan General de 2002, mantuvo este potente bucle viario interior, estableciendo los mecanismos de gestión necesarios para poder acometer una actuación como la que implica necesariamente una operación singular de este tipo.
La ordenación urbanística concreta del lugar es fruto ya de un encargo directo de 2001 a la consultora vasca IDOM para definir el recinto expositivo, una vez aceptada la candidatura de la ciudad por el Bureau Internacional des Expositions. Su apuesta principal ha sido la definición de un gran espacio edificado formando frente a la gran vía estructural de la ronda hacia el Norte y el Este. Este edificio proyectado como una especie de gran ameba informe contendría a una gran parte de los pabellones y definiría un límite físico del futuro recinto junto con la orilla del río, lo cual generaría un gran vacío intermedio en el que se podrían situar algunos pabellones representativos que se prefiguraban formalmente también como otras manchas acuosas a modo de gotas. Finalmente,l frente fluvial se trataría como un gran parque lineal en el que se insertarían los accesos en puente desde la ciudad.

En amarillo la localización del recinto de la Expo de Zaragoza 2008. Plano de Estructura Urbanística del Texto Refundido de 2007 del Plan General de Ordenación Urbana

Lo curioso es que este esquema formalizador que actuaría sobre una superficie notable, superior a las 25 hectáreas, ha acabado construyéndose tal cual con una arquitectura de compromiso que poco contribuye a la urbanidad de Zaragoza. Las premuras temporales, la apelación a la eficacia y la ausencia de una decantación adecuada han impedido que se produjera una aportación realmente significativa a la ciudad más allá de algunas honrosas arquitecturas que constituyen una excepción al emblematismo requerido y al carácter estructurador y de nueva centralidad urbana perseguida.
El parque fluvial ha sido también otra oportunidad perdida. En un inicio, responsabilidad de los arquitectos paisajistas catalanes Batlle y Roig, proyectaba el aprovechamiento extensivo de la orilla del río Ebro junto con la inclusión de un edificio puente sobre el río. Interesante idea que acabaría materializando la arquitecta iraquí, Zaha Hadid. La propuesta de Batllé y Roig no se ha llegado a perfilar convenientemente y el espacio de encuentro con el río es, en el verano de 2008, una indefinida sucesión de superficies verdes rematada por una especie de banco continuo prefabricado que es casi la única aportación que han podido llevar a cabo estos arquitectos.
El resto del meandro al exterior de la vía de ronda se ha tratado como un gran espacio de transición entre la ciudad y el territorio abierto circundante menos antropizado, ello de acuerdo a los objetivos que se definieron en el planeamiento. Quizás esta parte del meandro de Ranillas ha tenido mayor suerte en cuanto a su tratamiento. Y ello podría obedecer a su carácter residual respecto a la globalidad de la intervención relacionada con la Expo y su posición excéntrica respecto a la ciudad. Se ha definido como un gran parque fluvial que respeta la previa condición de marisma con gran presencia de láminas de agua y parcelas agrícolas. La propuesta de los arquitectos locales Alday y Jover, junto con el apoyo de la paisajista francesa Christine Dalnoky ha procurado preservar el mosaico de paisajes e introducir elementos que permitan una mayor accesibilidad y así aumentar el disfrute de este espacio vegetado de más de 120 hectáreas, iniciando con ello su aprovechamiento para actividades recreativas y de ocio para los ciudadanos.

Vista de aérea del conjunto de las obras de la Expo de Zaragoza, prácticamente finalizadas

Estas simples ideas urbanísticas y de paisajismo básico, no han podido ser desarrolladas convenientemente en el tiempo. En su momento fueron fagocitadas rápidamente por una visión economicista de bajo vuelo, algo que se ha extendido indefectiblemente entre las elites dirigentes de nuestro país. El burocratismo que caracteriza actualmente a las actuaciones urbanísticas importantes, así como a la arquitectura que pretende tener trascendencia, suele coartar la creatividad desde sus inicios, rodeando o sustituyendo directamente a sus verdaderos impulsores por toda una cohorte de expertos en el desarrollo constructivo, estructural, de ingeniería, etc. que exhiben de una manera muy discutible una supuesta eficiencia como marca de identidad.
La desconfianza del sector público respecto a los urbanistas y sobre todo hacia los arquitectos, artistas irredentos según el tópico al uso, ha llegado a un punto en que es difícil lograr espacios urbanos de calidad y, mucho menos, arquitectura pública realmente valiosa. Junto a ello, la clase política que tiene la encomienda de la gestión nuestras ciudades procuran el descargo de la responsabilidad pública en toda una parafernalia de personajes interpuestos, técnicos en project management, consultoras de ingeniería, gestores empresariales, etc. que está socavando aceleradamente y sin remedio el prestigio duramente adquirido por el urbanismo y la arquitectura española en las postrimerías del siglo XX.
Un esquema urbanístico o una idea espacial de arquitectura necesitan de una decantación en el tiempo así como un desarrollo apropiado que conduzca a una posible excelencia constructiva y a una calidad real de los edificios. Esto no se puede llevar a buen término delegando su proyectación en empresas consultoras en las que se diluye la responsabilidad del diseño, compuestas por cientos de profesionales y donde la visión burocrática y de una eficiencia mal entendida, relega la calidad de la arquitectura a un papel subsidiario.

Es curioso que allí donde se proyecta masivamente la atención política y técnica, junto con la intervención de la burocracia asociada suele producir resultados no concordantes con el esfuerzo realizado. Sin embargo, algunas iniciativas que no presentan una imagen tan lastrada por la avalancha mediática posiblemente supongan una mejor proyección hacia el futuro de los lugares. El ejemplo inmediato en el caso de Zaragoza, es el que representa la Plataforma Logística de Zaragoza. PLAZA constituye una interesante apuesta económica hacia el futuro que ha identificado un recurso no explotado que se apoya en las condiciones geográficas de un territorio, sus comunicaciones y su posición en el cuadrante noreste de la península ibérica y que, sin embargo, su éxito no es muy conocido más allá de Aragón.