sábado, 29 de septiembre de 2007

OTRAS ISLAS ARTIFICIALES


A raíz de la reflexión que presenté sobre la artificialización de la costa para la implantación de usos urbanísticos, he localizado nueva información sobre iniciativas para la colonización del mar.

Una de las más sorprendentes es la que se refiere a la creación de un archipiélago de 330 hectáreas de superficie artificial que se plantea con el nombre de Federation Island, cerca de la ciudad rusa de Sochi en el mar Negro. Esta propuesta, del arquitecto holandés Erick van Eggeraat, tiene como objetivo establecer la sede de los Juegos Olímpicos de 2014 en ese lugar. Este proyecto ha sido presentado recientemente en esa ciudad al presidente Putin en el marco del Internacional Investment Forum 2007.

El archipiélago de Federation Island, según
Building Desing, contendría todos los elementos necesarios para el desarrollo de las actividades olímpicas junto a hoteles, espacios complementarios culturales, recreativos y de ocio. La idea es crear también un ecosistema artificial que contenga toda una diversidad de paisajes como arenales, playas, bosques y praderas que definan en su conjunto un espacio geográfico a la manera de maqueta a escala de la forma global de Rusia con brazos de mar que atraviesan el conjunto y contornean las islas para rememorar los principales ríos del país. Cadenas montañosas como los montes Urales también tendrían su reflejo en el relieve diseñado.

Esta y otras propuestas similares reflejan una creciente tendencia a la colonización del mar, algo que podría considerarse como de ciencia ficción en el pasado. Las islas artificiales suscitan cuestiones como quien establece el derecho de propiedad sobre los nuevos territorios conquistados y qué repercusiones tendría sobre el derecho del mar y la delimitación de las aguas ribereñas.

Recordemos que hace unos meses se ha planteado algo parecido en Canarias. A iniciativa de la empresa pública GesPlan y a partir de un diseño del arquitecto Fernando M. Menis, se propuso la realización de un puerto deportivo como un ámbito aislado sobre el mar, próximo a la costa del Puerto de la Cruz.

En el caso de que se quisieran llevar a cabo una colonización de la franja costera de la isla de Fuerteventura, algo que podría ser factible la cuestión podría ser, por ejemplo, como influiría en la definición de las aguas territoriales canarias y el contencioso que permanece larvado con el reino de Marruecos.

Más información sobre
islas artificiales urbanizadas


sábado, 22 de septiembre de 2007

LA GRAN EMERGENCIA









Por James Howard Kunstler
Barrabés Editorial. Huesca 2007.
1ª Edición en inglés. New York 2005




El autor, antiguo periodista de la revista americana Rolling Stone al que ya he citado en otra ocasión, ha escrito un libro curioso en el que hace una crítica muy dura al modo en que habitualmente se ha producido el crecimiento de la ciudad americana, el suburbio extensivo o sprawl en la terminología anglosajona. La tesis principal de Kunstler es que, una vez alcanzado ya el pico máximo en las posibilidades planetarias de extracción de petróleo, el declive subsiguiente y la escasez de combustible que este hecho va a ocasionar obligarán a que gran parte de la humanidad deba llevar a cabo una transformación sin precedentes en los modos de vida habituales hoy en día, sobre todo en los países más desarrollados.


La hipótesis del pico del petróleo y su progresiva desaparición implica una transformación radical en el modo de vida existente en los Estados Unidos. A partir de este presupuesto y desde una perspectiva quizás romántica, cuestiona la forma característica del desarrollo suburbano que ha condicionado a las metrópolis norteamericanas durante casi todo el siglo XX. Un modelo de desarrollo que ha supuesto la transformación de los centros urbanos antiguos en emporios comerciales, financieros y de entretenimiento en contrapartida a un crecimiento extensivo de sucesivas coronas residenciales metropolitanas.
La forma de la ciudad americana, ampliamente estudiada por diversos autores como
Manfredo Tafuri y Peter Rowe entre otros, ha conducido a una ocupación extensiva creciente de extensas superficies territoriales y a la obsolescencia prematura de amplías partes de los continuos urbanos. Posteriormente, este mismo fenómeno se ha trasladado a Europa y otras partes del mundo como consecuencia de la asimilación cultural de la forma de vida estadounidense. En Alemania, Thomas Sieverts ha teorizado sobre ello calificando a esta forma de expansión urbana como las ciudades sin ciudad o Zwischenstadt, lo que está entre medio de las ciudades.
En América, el caso de la ciudad de Detroit es paradigmático y ha sido citado masivamente como ejemplo. Su centro fundacional, allí donde Henry Ford situó su primitivo taller y la primera fábrica de automóviles se encuentra en una situación deplorable hoy en día. El proceso de abandono y guetificación del centro ha sido imparable a lo largo de varias décadas mientras la población con mayor poder adquisitiva se iba trasladando a periferias cada vez más lejanas solamente accesibles en automóvil.
Pero leamos la visión de Howard en sus propias palabras a la que califica como el final de la utopía del urbanismo residencial suburbano:

Los Estados Unidos se enfrentan al fin de la era de los combustibles económicos con la certeza de haber invertido la riqueza nacional en un modo de vida, el sprawl, que no tiene futuro. Mientras los tertulianos mediáticos buscan crear una batalla campal justificativa sobre lo que ocurre en la economía americana, omiten unánimemente el colosal error financiero que supone el urbanismo residencial suburbano: una prodigiosa a la par que incomparable distribución errónea de los recursos, todo ello sin mencionar las tremendas deficiencias sociales, espirituales y ecológicas de las que el sprawl adolece como entorno diario. Los norteamericanos hemos construido un armazón vital que simplemente dejará de funcionar cuando falten suministros de crudo barato, y es significativo que pronto nos encontraremos sin petróleo para mantenerlo y sin recursos para sustituirlo por otro sistema. Tampoco parece plausible que seamos capaces de encontrar un milagroso recambio energético que nos permita mantener estas infraestructuras de una forma remotamente parecida a la que lo hacemos ahora.

En cualquier caso, la trágica verdad es que no existe forma de adaptar la mayor parte de los conceptos relativos al urbanismo de la residencia suburbana. El propio sistema no permite que se pueda reorganizar como el entorno de usos mixtos, a menor escala, más sutil y de menores distancias que necesitaremos para seguir adelante con nuestra existencia cotidiana en un mundo futuro en el que cada vez será más raro ver un vehículo a motor. Difícilmente podrá aparecer un bondadoso magnate presto a recoger los millones de casas ubicadas en las lujosas urbanizaciones del extrarradio con su medio acre de terreno por vivienda localizado en calles sin salida, y volver a colocarlos juntitos en entornos más cívicos. En lugar de eso, las propiedades inmobiliarias de estos complejos residenciales, incluyendo las McViviendas de cartón aglomerado y vinilo, los centros comerciales alineados, los parques de oficinas y el resto de sus componentes, entraran en una fase de rápida y cruel devaluación en su valor de mercado. Muchas de estas urbanizaciones se convertirán en los barrios bajos del futuro.
Por encima de todo, veo este período que se avecina como uno de contracción generalizada y crónica. A este proceso lo denomino la recolocación descendente de los Estados Unidos, aunque también podrían utilizarse los términos reubicación o reevaluación. Todas nuestras formas de actividad habituales tendrán que redirigirse hacia lo menor, lo más pequeño y lo mejor. La crisis agrícola será una de las características más definitorias de la gran emergencia. Se resume en que tendremos que cultivar nuestros propios alimentos a una escala más local. La crisis aparecerá cuando la producción intensiva, que depende de la producción del gas y el petróleo a una escala gigantesca, deje de resultar económicamente viable. Las implicaciones de este fracaso del actual modelo de explotación de la tierra son tremendas, y el cambio inevitable vendrá, con toda probabilidad, acompañado de un momento de turbulencia social, por no mencionar el hambre y otras privaciones a los que la población se verá expuesta. Con la gran emergencia ya bien avanzada, la alimentación de producción local podría convertirse en la piedra angular de la economía norteamericana. El hecho de que requerirá casi con toda seguridad gran cantidad de mano de obra tiene sus propias implicaciones añadidas.
Tendremos que vivir en un ambiente geográfico notablemente más reducido. Dada la desintegración del extrarradio residencial, podremos considerarnos afortunados si logramos reconstruir nuestras ciudades ladrillo a ladrillo y calle a calle, dolorosamente a mano. Nuestras ciudades más notorias estarán en peligro, y algunas de ellas ya no serán habitables, especialmente si el suministro de gas natural se vuelve tan gravemente problemático como a todas luces parece que será, y si los generadores de energía eléctrica que dependen de él convierten su producción en errática. Los rascacielos podrían volverse arquitecturas más experimentales de lo que creemos. En general, probablemente tengamos que volver a un esquema de asentamientos en forma de pueblos y pequeñas ciudades rodeadas de áreas periféricas dedicadas al cultivo. Cuando esto ocurra, seremos una sociedad mucho menos opulenta y la cantidad, escala e incremento de nuevos edificios nos parecerá muy modesta en los años venideros, en comparación con los estándares actuales. Tendremos acceso a muchos menos sistemas de construcción modular, en caso de haber alguno. La edificación volverá a depender de la artesanía tradicional, mampostería, carpintería y otras habilidades manuales propias de talleres que hagan uso de materiales simples, fáciles de obtener y característicos de la zona. Nuestros códigos sobre la construcción y la división por zonas se irán ignorando con progresiva frecuencia. Si volvemos a la edificación a escala humana es posible que nuestros nuevos barrios urbanos sean más cercanos y cálidos, en definitiva más hermosos. La era del automóvil demostró que la población es capaz de tolerar edificaciones feas y funcionales y los horribles paisajes urbanos siempre que puedan compensarlos con una huida rápida en coches lujosamente equipados con el mejor sonido estéreo digital, aire acondicionado y portavasos para las bebidas frías. Todo esto cambiará de forma radical. El número de automóviles se reducirá drásticamente. El futuro se basará más en la idea de permanecer en un mismo sitio en vez de viajar incesantemente de un lugar a otro, tal y como hacemos ahora.

Este texto debería mover a reflexión a los que vivimos en otros entornos metropolitanos, cuyo desarrollo histórico ha sido diferente del estadounidense, pero sobre los que se trata de imponer sistemas funcionales similares para la organización del crecimiento residencial.
Así como la ciudad compacta europea es un modelo espacial más sostenible, rodeado de entornos masivamente suburbanizados, quedaría también en cuestión en la hipótesis de una grave escasez de combustible como la que vislumbra
Kunstler.
La funcionalidad del modelo territorial metropolitano actual se cimenta sobre la potente capacidad de una logística sofisticada y la distribución masiva de bienes con una alta velocidad de acceso a los mercados. En la hipótesis de una ausencia de tecnologías de distribución adecuadas debido al fallo de alguno de sus elementos básicos, habría que llevar a cabo una reorientación radical de la forma en que la población se relaciona con el territorio.
Las carencias más perentorias en una situación de crisis energética serían probablemente los alimentos, la movilidad y la distribución eléctrica. La falta de alimentos implicaría la necesidad de buscar lugares adecuados para reiniciar su producción de una manera más descentralizada y próxima a los lugares de residencia. En consecuencia, habría que destacar la importancia de los parques urbanos y las periferias próximas desocupadas que podrían funcionar como espacios de emergencia para la producción directa de alimentos en el ámbito de las grandes ciudades. La condición habitual de los parques como garantes de un confort ambiental y de la recuperación de una relación con lo natural quedaría ampliamente superada por la provisión inmediata de alimentos.
Las dificultades para la movilidad tendrían como consecuencia la disminución de los servicios basados en medios mecánicos y darían lugar a un colapso del sistema de funcionamiento actual. La organización política, el trabajo y el acceso a los bienes básicos de consumo serían extremadamente dificultosos. El problema de la escasez energética y la falta de electricidad implicaría la inviabilidad de la calefacción y la ausencia de iluminación nocturna adecuada, lo cual llevaría aparejado la incapacidad para reorganizar los edificios de una manera inmediata y produciría una obsolescencia prematura de un parte sustancial del espacio construido situado en los centros de las ciudades actuales.
Es muy discutible, la posibilidad de que se produzca una emergencia como la señalada por el autor, ya que la desaparición del petróleo es todavía una perspectiva a largo plazo. En cualquier caso, se trabaja en el campo científico para su sustitución por alternativas energéticas viables y aunque una tecnología plausible, barata y eficiente no existe todavía para la sustitución de los combustibles fósiles con destino al transporte, es bastante posible que surja en los próximos años.
No obstante, lo que si es evidente es la insostenibilidad futura del modelo de desarrollo económico experimentado a lo largo del siglo XX en el que la utilización masiva de todo tipo de recursos y el despilfarro generalizado ha llevado a que estemos experimentando la aparición de límites y una progresiva escasez cada día más acusada.
El crecimiento poblacional descontrolado así como la extenuación de elementos esenciales para la vida como el agua, la tierra fértil, los minerales y la biodiversidad debería llevar a un replanteamiento exhaustivo del modelo de desarrollo imperante.

sábado, 15 de septiembre de 2007

ISLAS ARTIFICIALES URBANIZADAS

En nuestros días ha surgido una nueva forma de colonización del territorio, la construcción de islas artificiales en las plataformas costeras de poca profundidad. Estos procesos de alteración del medio natural marino suponen retos desconocidos tanto económicos como tecnológicos y administrativos y nacen con el objetivo de crear nuevos enclaves urbanizados que aprovechen las ventajas paisajísticas inherentes al mar.

Las nuevas superficies artificiales marítimas que se han ido llevando a cabo en distintos países, han eliminado desventajas geográficas insuperables en el pasado así como el descubrimiento de oportunidades de negocio en lugares insospechados. La ribera del mar, próximo a la costa, es el espacio más demandado para este tipo de iniciativas basadas en la aplicación de tecnologías de terraformación. También las zonas pantanosas y la recuperación de antiguos enclaves portuarios en desuso se han convertido en áreas apetecidas para el desarrollo de proyectos inmobiliarios y técnicos de todo tipo.

Aplicación extrema del modelo Radburn de urbanización suburbana americana

La extensión en la implantación de los modelos suburbanos de tipo americano, herederos de los postulados de las Garden Cities inglesas postulados por Ebenezer Howard a comienzos de 1900, es un hecho que ha caracterizado la expansión de las ciudades y los territorios en la mayoría de los países desarrollados a lo largo del siglo pasado. En América del Norte, la parcela de un acre o 2.500 m2, a la cual se accede a través de calles en fondo de saco y que garantizan la posibilidad de desarrollar una casa individual en contacto teórico con los espacios naturales intocados, son los elementos básicos que compondrían este modelo urbanístico. La suburbanización inherente a este tipo de desarrollo territorial ha satisfecho apetencias de individualidad familiar y de perspectivas paisajísticas abiertas. Las nuevas islas artificiales residenciales, tal como se vienen proyectando recientemente, llevan más allá estas expectativas de los modelos urbanísticos suburbanos.
Un planteamiento curioso en la evolución de la urbanización en ciudad jardín de baja densidad y como antídoto a las innegables desventajas de la ciudad americana, es el que se ha producido en los Estados Unidos a partir de los años 90 bajo el estandarte del New Urbanism. A partir de la famosa experiencia seminal de
Seaside en Florida, obra de los urbanistas Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk, la aplicación de un neotradicionalismo formal, que pretende recuperar las esencias amables de la ciudad americana de las empalizadas blancas y los frentes ajardinados, se ha extendido como la pólvora. La utilización de técnicas de diseño consensuado con los futuros usuarios junto con la recuperación de aspectos interesantes del espacio urbano paseable ha dado lugar a una eclosión de urbanizaciones similares a lo largo y a lo ancho de ese país.

Una de las propuestas de estos urbanistas, no llevada a cabo, se planteó en una zona pantanosa del sur de Florida surcada por canales y pequeñas lagunas, que permitían islas urbanizadas en su interior. La nueva ciudad de Wellington en el condado de Palm Beach se insertaba en un contexto de alta suburbanización y se planificó con una definición muy jerárquizada de las distintas partes que la compondrían. El proyecto de esa New Town definía una separación neta de los tráficos rodados y peatonales junto con el establecimiento de zonas residenciales de más alta densidad y la amenización de los espacios urbanos resultantes con comercios, servicios y servicios para el ocio.
Algunas actuaciones recientes desarrolladas en la comunidad de Madrid por determinados organismos públicos reflejan ecos de estos planteamientos organizativos y de diseño urbano. Por señalar un caso concreto, se podría citar la propuesta de la empresa pública Arpegio para el desarrollo residencial del
sector de Arroyo Culebro en Leganés.
La experiencia reciente que ha llevado más al extremo los postulados de artificialización de la costa para desarrollos residenciales es la que está teniendo lugar en el emirato de Dubai en el golfo Pérsico. En este pequeño país se lleva a cabo una redefinición amplía de la plataforma costera con la construcción de islas artificiales que permitan una alta independencia parcelaria y una exclusividad inigualable. El planteamiento de marketing urbano de esta nueva ciudad en el desierto que busca garantizar su proyección mundial consiste en un reclamo de superlativos, las mayores urbanizaciones en el mar, los edificios más altos, los precios más extremos, etc.

Una primera experiencia de esta estrategia urbanística se llevó a cabo con la construcción del hotel Burj al Arab en una pequeña superficie próxima a la costa y proyectado por el arquitecto británico Tom Wright. Se presenta como el único hotel en el mundo con una clasificación de 7 estrellas, como reza la publicidad que lo promociona, que cuenta con restaurantes bajo el agua abiertos a las vistas del fondo marino y de su fauna peculiar. En torno a 1.000 €uros la habitación por noche.
La construcción de varios archipiélagos artificiales sucesivos ha sido una consecuencia de esta visión maximalista para la recreación de una ciudad global en el desierto, inspirada lejanamente en Las Vegas. Al hotel Burj al Arab le ha seguido la famosa isla palmera Jumeirah y los archipiélagos World y Deira, estando en trance de planificación la extensión del sistema acuático al interior del desierto en una especie de Venecia de la ingeniería territorial contemporánea. El asombro producido por la audacia de las propuestas desarrolladas ha generado un atractivo mediático del que está todavía por comprobar su capacidad de viabilidad económica real.


Formalización de la propuesta de desarrollo urbano costero de la ciudad de Dubai

No obstante, no deja de sorprender esta auténtica revolución de la forma urbana en un territorio insostenible climáticamente y sin apenas recursos materiales. En su marcha llena de superlativos hacia el futuro, Dubai construye masivamente también el mayor aeropuerto regional, el centro comercial más grande de Oriente Medio, etc.


Un planteamiento similar, Durrat al Bahrain, se ha llevado a cabo en el sultanato vecino de Bahrein, en el que se quiere reeditar el supuesto éxito de las islas urbanizadas creando un nuevo archipiélago artificial con destino a un mercado turístico más modesto. Barrios marítimos interconectados por vías sobre el mar, que cuentan con su pequeño centro cívico y playas de vecindad exclusiva junto con complejos ajardinados e instalaciones hoteleras con sus correspondientes piscinas, forman parte de la propuesta de la consultora de ingeniería anglosajona W.S. Atkins, para atraer a los visitantes del norte ávidos de novedades. En este caso, es asombroso el carácter pintoresco de las propuestas con las velas que otorgarían una personalidad al lugar en una suerte de imaginería a lo Santiago Calatrava. Se echa en falta la localización de muelles para el atraque privado de yates que, lógicamente sería razonable que acompañen a los residentes en su insolidaridad ambiental.
La reocupación de antiguos muelles en desuso es otra forma de aprovechamiento de antiguas islas urbanas que han permanecido inutilizadas en el centro de algunas de las principales ciudades portuarias. La reconversión de
los Docklands londinenses a mediados de los años 80 ejemplificaría este tipo de estrategia de recualificación urbanística. El conocido Canary Wharf, a pesar de sus avatares inmobiliarios, ha logrado consolidar un pequeño Manhattan de rascacielos como extensión del centro financiero europeo por excelencia, la City de Londres. Al igual que otra experiencia similar en Francia, el distrito de La Defense parisino, las formas urbanas resultantes son sumamente inhóspitas, junto a su carácter monotemático, no ayudan a su integración urbana ni a lograr constituirse como piezas vibrantes de sus ciudades respectivas.


Propuesta ganadora del concurso para la urbanización de los muelles de Borneo y
Sporenburg en Amsterdam. Adrian Geuze y West8
En Ámsterdam se ha llevado a cabo una actuación urbanística muy interesante a partir de la última estrategia nacional planificación territorial, la recuperación de zonas de su puerto abandonadas para la construcción masiva de viviendas. Una de sus realizaciones más conocidas es la que se ha llevado a cabo en los antiguos muelles de Borneo, Sporenburg y Java Eiland, próximos a la estación central de la ciudad.
En este caso se ha buscado un difícil equilibrio entre una altura razonable de la edificación junto con una alta densidad de ocupación y edificabilidad que en algunos casos se aproxima a las cien viviendas por hectárea. La propuesta urbana más exitosa ha sido la desarrollada en Borneo, a partir de un diseño del paisajista holandés Adriaán Geuze y su oficina
West 8, que se ha convertido en uno de los lugares chic de la ciudad y a la que pretenden acceder las parejas jóvenes y con recursos.
En otros lugares densamente urbanizados también se ha planteado la ocupación de la plataforma costera para desplegar usos necesarios para el desarrollo de las ciudades como en el caso del nuevo aeropuerto de Kansai, proyectado por la
oficina de Renzo Piano y situado en la bahía de Osaka, que es toda una proeza de la ingeniería y de la arquitectura. La alta densidad de la conurbación japonesa dio lugar a mediados de la década de los 90 a la puesta en servicio de esta infraestructura en medio del agua.
Una alternativa similar se está planteando en los Países Bajos para escapar también a la imposibilidad de expandir el aeropuerto de Schipol, próximo a Ámsterdam. En este caso, la saturación del espacio aéreo europeo junto a la alta densidad residencial de esta zona al sur de la ciudad, ha llevado también a las autoridades holandesas a plantearse la posibilidad de construir una nueva isla artificial aeroportuaria en medio del mar del Norte.
En España puede que en un futuro no muy lejano empiecen a plantearse iniciativas de este tipo en las que la ocupación y construcción de la plataforma costera con destino a múltiples usos sea motivo de controversias. Lo cierto es que actualmente no se dispone de un marco administrativo preciso al respecto, lo cual puede llevar a graves confusiones, cuando no a la destrucción de espacios de alto valor ecológico.

El entorno de la pequeña isla de la Graciosa, en el extremo septentrional de las Canarias puede ser un espacio de apetencia para este tipo de entornos artificializados próximos a la costa. Considerando la forma habitual en que se llevan a cabo los desarrollos territoriales en este archipiélago es una posibilidad que crea incertidumbre. La práctica del urbanismo en el archipiélago canario se caracteriza por una confianza excesiva en los mecanismos legales y en las que el crecimiento de la edificación o las nuevas urbanizaciones se identifican generalmente con la improvisación, la baja calidad proyectual, el sometimiento extremo a la iniciativa privada así como una falta de atención radical a la forma final de los escenarios urbanos resultantes.
Un idílico enclave habitado por unos cientos de personas con unas condiciones naturales excepcionales, que ha llevado a que una gran parte de su exigua superficie se halle protegida por su consideración legal como parque natural de carácter regional, ha ido transformándose paulatinamente en un espacio especulativo en el que se llevan a cabo construcciones de escasa calidad con el objetivo de extraer masivamente las plusvalías derivadas de un paisaje singular de arena y playas límpidas.
Hoy en día, la Graciosa es el lugar de moda de las élites privilegiadas del archipiélago y su pequeño puerto está regularmente abarrotado de veleros y de visitantes de todo tipo que buscan una autenticidad en trance de desaparición. La picaresca también ha hecho acto de presencia en sus dos núcleos poblacionales y proliferan los añadidos y nuevas construcciones que destruyen paulatinamente ese carácter original del lugar.
Es el destino de algunos sitios con carisma a los que la naturaleza ha dotado con unas circunstancias escenográficas singulares y que tienden a transformarse negativamente como resultado de una explotación económica equivocada. Y que, en el caso de Canarias, un territorio que ha contado con una alta proporción de espacios de este tipo, ha ocurrido de una manera inexorable que ha llevado a que sus innegables valores ambiéntales y paisajísticos hayan sido tremendamente mutilados a lo largo de la historia reciente en aras de una rentabilidad de cortas miras.

domingo, 9 de septiembre de 2007

Burj Dubai. El edificio más alto del mundo

Este es un video que presenta la situación actual del rascacielos que pretende ocupar el lugar de edificio más alto del mundo. El reportaje se ha colgado a finales de agosto y presenta el estado de la estructura de 700 mts de alto y 160 plantas. Es interesante puesto que ofrece una visión de la apuesta de desarrollo urbano en la que está embarcado el Emirato de Dubai como parte de su estrategia de posicionamiento económico global

domingo, 2 de septiembre de 2007

CIUDADES DECRECIENTES

Grabado tradicional japonés. corbis

Reflexionar sobre la posibilidad del decrecimiento de las ciudades puede parecer exótico en un contexto de crecimiento exponencial de la población. Sin embargo, es algo que está ocurriendo en algunos lugares del mundo como consecuencia de una reducción demográfica acelerada.


Los expertos consideran que un país ha alcanzado el equilibrio poblacional cuando la tasa de reproducción es de 2, 1 hijos por mujer fértil. Esta tasa ha descendido fuertemente en épocas recientes en algunos países, entre ellos los europeos y España a la cabeza,. Sin embargo, la urbanización ha seguido un patrón de crecimiento acelerado como consecuencia de la inmigración y del incremento de los hogares monoparentales, de una sola persona o adulto con hijo. Es curioso que el mercado inmobiliario haya seguido produciendo masivamente viviendas al ser consideradas también como una fuente de ahorro e inversión, a pesar del estancamiento de la población.
Es significativo que este retroceso poblacional lleva tiempo produciéndose en los países que han alcanzado un mayor desarrollo económico en las últimas décadas, lo que se lleva a identificarlo como un símbolo de progreso. Uno de los casos más extraordinarios a este respecto es el de Japón que alcanzó los 128 millones de habitantes en 2005 y que, debido al envejecimiento acelerado de su población, se espera que reduzca su población hasta solo 95 a lo largo de los próximos cuarenta años. En ese país, los nacimientos correspondientes a la tasa de reproducción llegaron a un límite record de 1,26 por mujer en 2005.
Recientemente la revista
Economist, del 3 de agosto de 2007, ha llevado a cabo una curiosa reflexión sobre este asunto, como la disminución de la población influye en la ordenación de los territorios y las ciudades con la consecuente escasez de la fuerza de trabajo disponible. Para señalar la gravedad del asunto presentaba la evolución en cien años de la pirámide de población japonesa con la siguiente metáfora visual: Japón pasaría de tener la forma de un árbol de Navidad a la de una cometa. Un reflejo gráfico de la transición entre una situación poblacional con gran proporción de gente joven a otra caracterizada por una alta tasa de población mayor de 60 años y una escasez preocupante de niños. En el país asiático, se estima que el número de aquellos por debajo de los veinte años se reducirá de los 16 millones de la actualidad a 3 millones en el escenario temporal analizado.
Presentaba el caso de un pequeño caserío en la costa del mar de Japón, Ogama, los escasos habitantes que aun permanecen en este enclave, han vendido su valle natal para que sirva de vertedero de desechos industriales según cuenta el reportaje de la revista. Con esos recursos podrán emigrar a lugares mejor dotados de servicios, mudándose probablemente a una ciudad cercana en un futuro próximo.
Como es usual, la estrategia de los responsables políticos en muchos lugares para evitar este tipo de declive de los municipios consiste en inventar grandes obras públicas o servicios que generen trabajo y actúen como atractores de actividad. Los representantes de los organismos públicos locales, ayuntamientos, empresarios y comisiones de ciudadanos, acostumbran a peregrinar a las capitales, reclamando inversiones de todo tipo con el objetivo de mejorar supuestamente lugares que, en realidad no lo necesitan. La creación de nuevas vías y asfaltados redundantes, subvenciones a agricultores inexistentes, festejos innecesarios y servicios con escasos usuarios suelen estar en la lista de demandas más habituales.
Debería reflexionarse sobre si el crecimiento económico es necesariamente un buen objetivo en sí mismo. Por el contrario, podría argumentarse que, en la situación actual de desaparición creciente de recursos, es conveniente la disminución de la actividad en los países más desarrollados. No es necesario ni saludable para una comunidad llevar a cabo decenas de puertos deportivos o centros comerciales por doquier. En la mayor parte de los casos, como es obvio, obedecen a la ambición de rentabilizar operaciones particulares fuertemente especulativas que no tienen como objetivo el bien común, en la mayor parte de los casos.
Un caso curioso de implementación de estrategias alternativas para afrontar el decrecimiento urbano es el de la
ciudad de Aomori, con 300.000 habitantes situada en el norte de la isla japonesa de Honshu. El clima de esta zona septentrional se caracteriza por unas bajísimas temperaturas y grandes cantidades de nieve durante el invierno. El lugar cuenta también con una altísima proporción de personas de edad avanzada y hogares monoparentales, muy superior a la que existe en el resto del país.
Considerando los enormes costos que suponía el mantenimiento de las calles en invierno, el gobierno local ha adoptado una serie de medidas destinadas a concentrar la decreciente población y para ello ha redefinido su plan de ordenación urbana para reducir el tamaño de la ciudad. Una primera opción ha sido marcar claramente los límites de la urbanización para evitar en lo posible el desparramamiento habitual de la edificación. Así mismo, se ha decidido a agrupar en el centro de la ciudad las sedes de las posibles instituciones y equipamientos que sea necesario llevar a cabo en un futuro no muy lejano como por ejemplo, la biblioteca, el mercado, un nuevo hospital, etc. Por otra parte, se han transformado las calles principales facilitando su uso peatonal y la mejora generalizada del transporte público para aumentar el atractivo de la zona central al objeto de facilitar la reconstrucción de los espacios más próximos con edificación residencial de mayor densidad.
Por el contrario, los responsables municipales han advertido a la población de la imposibilidad económica para ofrecer servicios en la periferia más allá de lo básico, buscando con ello desincentivar la disgregación de las viviendas en el territorio y favorecer así una ciudad más compacta. En cualquier caso, el costo económico de dotar con infraestructuras y servicios en emplazamientos remotos es un despilfarro irracional que en pura lógica no debería ser asumido colectivamente, incluso en sociedades con menores recursos.
Yendo más allá, el gobierno central japonés está tratando de implementar una reorganización política que reduzca drásticamente el número de entidades poblacionales con capacidad para la gestión administrativa. De esta manera, se pretende una concentración de los escasos recursos para la mejora de los servicios con destino a un conjunto poblacional más amplío y permitir con ello una base mejor para los impuestos necesarios al mantenimiento de las infraestructuras y servicios comunes.
Este ejemplo de una sociedad que afronta un decrecimiento poblacional suena a ciencia ficción, pero podría considerarse también una utopía posible, incluso necesaria, allí donde se propugna un crecimiento sostenible.
El paradigma del crecimiento sostenible se ha convertido en una frase hueca puesto que plantea una contradicción básica. En una primera lectura podríamos considerar que lo que se pretende es perpetuar el crecimiento de una manera constante.
Lo ciertos es que para poder mantener un desarrollo de mejor calidad en el conjunto del planeta debería cambiarse el objetivo y propugnar la tesis del decrecimiento como alternativa real al desideratum falso del crecimiento sostenible. En estos momentos y en las condiciones actuales de actividad económica, sería necesario decrecer en los países avanzados para que los más desfavorecidos puedan acceder a bienes básicos para su supervivencia.
No obstante, está claro que esto es una utopía irrealizable en las condiciones actuales de manipulación informativa y política. Como ejemplo se podría reseñar la constante referencia periodística a indicadores que apoyan la insostenibilidad del modelo actual como el que se refiere, por ejemplo, al crecimiento genérico del Producto Interior Bruto de los países. En cualquier caso este indicador debe de valorarse en su referencia al conjunto de personas que componen esos países. Así según Nation Master,
la clasificación estadística del PIB por capita relacionado con la capacidad de compra, nos da como resultado que un pequeño país como Luxemburgo tiene el record actual de capacidad de compra con más de 70.000 $ per capita frente a Senegal, Costa de Marfil, Burkina Fasso, Malí, Sierra Leona, y Liberia con 1.720, 1.612, 1309, 1231, 887 y 882 $ per capita, lo que viene a reflejar la enorme disparidad e injusticia entre los países que propicia el sistema económico imperante.
Yendo más allá, podríamos considerar un indicador alternativo como el que representa el
índice de Gini. El coeficiente que definió el estadístico Corrado Gini, permite establecer una medida de la desigualdad en cualquier tipo de sistemas. En referencia a la distribución de los ingresos familiares y su desigual reparto, la aplicación del índice de Gini a los países nos ofrece una desoladora perspectiva, puesto que los países más pobres son los que cuentan, por lo general con una mayor desigualdad. Es el caso otra vez, de Sierra Leona, Malí, Burkina Fasso Costa de Marfil y Senegal en los puestos número 4, 25, 31 y 49 de máxima desigualdad sobre un total de 122 países analizados.
Lógicamente, es a partir de estos datos cuando se constata que sean estas naciones de África Occidental los principales lugares exportadores de inmigrantes hacia Canarias.
La sustitución de los indicadores económicos por otros que reflejen más efectivamente un verdadero desarrollo humano, en una valoración cualitativa, es una tarea necesaria e inaplazable para superar la creciente manipulación de nuestras conciencias, la cual corresponde al gremio de los economistas.